La Coctelera

Contraflujo

Todo es cuestionable

Categoría: Cuento

21 Noviembre 2007

La carta

Lo intenté con un poema. No funcionó. Los poemas de desprecio nunca sirven para otra cosa que llenar los botes de basura. Siempre se quedan cortos de palabras malganadas.
Probé también con un cuento. Pero la realidad es más dura que cualquier situación a la que pueda someterse un personaje.
Compré cigarrillos y un poco de ron. Sabes que no me gusta el ron. Por eso lo compré, para tratar de encontrar en él un poco de ese sabor amargo que has dejado en mi boca.
Traté de vencer la incertidumbre, creer en tu palabra –bocanada, trago, bocanada-. Empuñé mi fe en ti y la clavé en las sospechas generadas. Me debatí en un duelo a muerte con el odio. Y éste me venció. Fue una masacre. Quedé tumbado, con la vista fija en lo alto, escurriendo inminencias por la boca.
Puse música que me recordara el porqué no quería estar contigo. Me habló de ti, sin embargo. Y de tu traición. De tu bajeza.
Anoté algo como esto:

La venganza perfecta es aquella
que no se puede reprochar.
Es la que planeaste con puntos y comas,
la que escribiste con mi dolor.

No me gustó y lo tiré por la ventana. La lengua me sabía a cigarro, a ron y a ti. Y en mi cabeza un taladro repicaba: ¿cuándo te perdí?, ¿cuándo dejé de conocerte?
Lo eras todo. Y ahora solamente podía encontrarte desagradable. El dolor de abdomen posterior a la risa que algún día fuiste.
Te escribo a altas horas de la noche, cuando todo se ha apagado. Cuando sólo brillan las luces de las calles y las inquietudes del día. Lo hago para ti, a quien alguna vez hablé de búhos y promesas –trago, bocanada-. Para que entiendas que no existe mayor decepción que sentir que el tiempo derrochado no vuelve jamás.
Una estrofa de líneas musicalizadas se entrometen en el devenir natural de esta carta que parece no serlo. Y me dicen algo así:

When the tears come streaming down your face
When you lose something you can't replace
When you love someone but it goes to waste
Could it be worse?

Las encuentro certeras. Nunca antes una canción me había parecido tan adecuada al momento. Y no, no podría ser peor.
Luego, la rutinaria sensación de haberlo dicho todo ya, aunque en el cuerpo queden mil ideas flotando. Como flotando quedas tú en los años pasados, sueños de esos que parecen de verdad.
Una lástima que tenga que despedirme de esta forma, con el corazón en la mano y el hígado hinchado. Pero sabes que no. Sabes perfectamente que no. Nunca hallarás a otro siquiera cercano a mí. Más listos, sin duda. Más guapos, es evidente. Menos iracundos, es probable. Pero ese algo que no sabes definir, parecido a las palabras que no logro escribir sobre el papel, es lo que te mantendrá inquieta hasta el post data de tu vida.

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7 Septiembre 2007

En compañía

Aquélla que está sentada frente a mí es Laura. Lleva hablando media hora y no para. Ya perdí la cuenta de las copas que ha pedido, pero han sido demasiadas. Lo que me preocupa es que yo voy a pagar.
También perdí el hilo de la conversación en cuanto empezó a hablar de los negocios de su padre, y cómo ha descuidado a su madre por ellos. Bla, bla, bla. Solamente asiento con la cabeza a la manera de un robot. Y ella no tiene ni idea de que llevo rato sin saber qué dice. El alcohol ha hecho su labor.
Ésa otra que ven en la mesa de enfrente no sé cómo se llama, pero no ha dejado de mirarme desde que llegamos. El tipo que está a su lado se ve bastante mayor en comparación a ella. Probablemente sea su jefe y estén pactando las condiciones de un ascenso. Trae una minifalda de campeonato. Roja. Y su escote es generoso a la vista. Tiene ganas, y yo también. Cuando se levante al baño será la señal. Ambos lo sabemos. Mientras, a seguir bostezando con Laura.
La que acaba de mandarme un mensaje al teléfono es Sofía. Fue mi novia durante seis meses, y quiere que volvamos. En el mensaje puso “Ven a mi casa. Hay fiesta.” No nos vemos desde hace tiempo, pero ella quedó prendada de mis maneras en la cama. Sólo así se enamoran. A mí no me interesa, pero tiene buenas caderas y será sencillo acostarme con ella si no sale nada mejor.
Ésta otra que ven dando vueltas en mi cabeza se llama Natalia. Me gusta desde que íbamos en el kinder. Tiene un marido muy estúpido. Sus ojos son verdes, su cabello negro, sus labios gordos como azotadores. Jamás la he besado. Cada año, desde hace 14, es mi propósito de año nuevo.
Laura está muy ebria y quiere que la lleve a su casa. Su intención es hacerme pasar y después meterme en la cama. Despertará a mi lado, me abrazará y dirá que me ama. Como Hans Solo yo le contestaré un “lo sé”, y comenzarán los reproches. Dirá que se entregó creyendo que yo sentía lo mismo, aunque en realidad nunca le hubiera dado muestras de ello.
Así son las mujeres: crean sus propias historias, y nos incluyen en ellas como si fuéramos personajes acartonados, sin opción a decidir. Pasado el fin de semana nos veremos en el trabajo y ya habrá esparcido chismes acerca de mí. Que si mi pene es pequeño, o que si la invité a cenar para llevarla luego a la cama. Le creerán, y ninguna otra colega querrá salir conmigo.
Incluida Teresa. Ella tiene las nalgas más apetitosas de toda la oficina. Son como dos cascos de futbol americano. Y sus piernas ni se diga. Como de jugador de futbol americano. No es bonita, pero me encantaría “taclearla” alguna vez.
Así que mejor llamo al mesero y le pido que traiga un buen corte para Laura. No nos moveremos del restaurante hasta que se le calmen el mareo y la calentura. Y mucho menos si la sexy desconocida de la mesa de enfrente no se ha parado al baño.
Hablando de baño, ahora vuelvo.
Ya, disculpen. Hice tiempo lavándome la cara y retocándome un poco el peinado para ver si se aparecía la mujer de la minifalda, pero no ocurrió. Tal vez me dio señales falsas. O las entendí mal. Aunque eso sería poco probable. Quizá lo está haciendo difícil. A lo mejor el vejete con el que está se ha dado cuenta. Así que tendrá que ser a su manera.
Aquel sujeto que ven ahí parado junto a una pareja soy yo. Estoy saludándola ahora mismo, fingiendo que la conozco de la universidad. Ella sigue el juego. Hace mucho que no te veía, le digo. Ten mi número de celular, háblame cuando quieras, dice. ¿Ven? Sus señales: si quería algo con ella, no iba a ser tan sencillo. Se llama Alicia. Fue prudente al escribir su nombre en la servilleta en la que apuntó el número. No es la primera vez que hace algo así, evidentemente.
Ahora sí me llevo a Laura a su casa. Ya no está ebria, pero figura estarlo para desinhibirse e invitarme a pasar. Rechazo la oferta. Insiste. Uso una enorme gama de pretextos. No cesa en sus intenciones. Tengo que ceder.
Más pronto de lo que esperaba me lleva a su habitación, sin rodeos, siempre haciéndose la borracha. Hacemos la danza del colchón. Una vez. Y otra. Me dice que me ama. Ni modo, para zafarme pronto yo también se lo digo. Tengo que darle de comer al perro, no he estado en casa en todo el día, le digo. No de muy buena gana, pero accede a que me vaya.
Ese Audi de ahí es mío. Es mi bebé. Apenas subo en él, le hablo a Alicia. Te tardaste, dice. Te invito a una fiesta, propongo.
Ese edificio que está al otro lado de la acera es donde vive. Demora un poco en bajar, pero al verla en esa minifalda roja la espera se me olvida. Tiene 23 años. Es chef. Bueno, desea ser chef, pero no tiene trabajo por el momento. Sus piernas se ven aun más espectaculares posando encima del asiento de piel del Audi. Mi bebé.
Llegamos a la fiesta de Sofía. Disimula su molestia al verme acompañado. Hay mucha gente. Sirvo un vodka para Alicia, y uno para mí. A su edad probablemente no le guste el whisky. Nos quedamos parados platicando en un rincón de la sala. No conozco a nadie más que a Sofía, que lleva un rato hablando de Alicia y de mí con sus amigas, de forma poco discreta. Está ebria, y eso incomoda a mi acompañante.
La llevo de vuelta a su casa. Vive sola desde hace dos meses. Su refrigerador está vacío. Sus alacenas, vacías. Su botica, vacía.
No tengo tantas ganas de hacerlo, pero no puedo quedarle mal. Cómo se nota que es joven: no para de saltarme encima. ¿No es maravillosa la manera en que se azota su rubia melena por los aires?
Ella no se compromete. Sabe que no nos volveremos a ver, hasta que nos encontremos en un par de años en el supermercado. Seguramente traerá en brazos a su bebé de pocas semanas, y estará mucho menos buena que ahora. Por la pena intentará esconderse de mí, pero yo la saludaré. Mientras ella se encuentre eligiendo entre un arroz blanco y uno rojo, yo estaré cargando en la mano un empaque de cervezas. Va a coquetearme, deseando encontrar en mí un escape a su rutina. Yo me despediré pronto, y esa sí será la última vez que nos veremos.
Como dije, ella no se compromete. No hay te amos ni miradas tiernas. No le afecta que me vaya antes del amanecer. Ni siquiera se molesta en levantarse de la cama para acompañarme hasta la puerta.
Subo nuevamente a mi bebé. A 120 kilómetros por hora, Natalia es una ráfaga de viento en mi cabeza. Pensar en ella casi me hace llorar de alegría, de celos, de tristeza, de rabia, de envidia. Por un pequeño instante mis manos quieren girar el volante en dirección a su casa, pero las detengo. Lo mejor será volver a la fiesta.
Casi todos se han ido. Miren, ese bulto ahí arrojado sobre el sofá es Sofía. Su vestido le llega hasta el ombligo. Las que hacen sombra a su alrededor son sus amigas: Tere, Vero, Linda y Asia. También están borrachas. Fíjense bien, podría jurar que Linda y Asia se irán de aquí a un hotel a hacerlo. De hecho, es posible que ya lo estuvieran haciendo si yo no hubiera llegado. Creerán que son lesbianas. Lo que hagan las perseguirá mucho tiempo. Se llenarán de dudas. Pero luego sabrán que solamente fue el sexo que sus maridos no saben darles.
¿Ven?, ya se despidieron. No se aguantan.
Sofía sigue dormida, y las otras dos no tardan en seguirla al mundo de los sueños, cada una en un sillón.
Terminó la fiesta, pero no la bebida. Me sirvo un trago y lo bebo a un lado de las damas. Las miro. Las examino meticulosamente. Cada lunar, cada cicatriz pasa por mis pupilas. Su ropa interior está al descubierto. Lo saben. Entre las tres deben sumar más de un año sin ser tocadas por un hombre. Por un hombre de verdad. De no haber desechado ya tanto esperma durante la noche, quizá les habría hecho el favor.
Sólo puedo pensar en Natalia. En Natalia teniendo relaciones con su esposo, mientras él piensa en su secretaria. Natalia preparándole el desayuno, planchándole la camisa, lavando su corbata a cuadros. Es la única mujer que quiero, y es la única que no me desea.
No ser correspondido, amigos míos, es probablemente el peor de los infiernos. Todo el sexo que tengo por delante lo cambiaría por que Natalia preparara el café de la mañana, o tendiera la cama conmigo. Por que despertara a mi lado, con el rimel estropeado y el cabello batido.
Ése que ven ahí tumbado en un sillón color marrón, con los ojos cerrados y los puños apretados, soy yo. Ése que tiene ya poco pelo en lo alto de la frente y mucho en sus oídos, también soy yo. Al que ven haciendo el amor con tres mujeres mientras su mente está en otra parte, en un lugar que se encuentra ocupado por alguien más, soy yo.
Ésos que me ven desde una ventana, desde una letra, desde adentro de sí mismos, son ustedes.

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14 Agosto 2007

Palabras en la cama

-¿Cuántas veces te han dicho “te amo” en la cama?
-No lo sé, varias veces.
-Quise decir cuántas personas.
-¿Por qué quieres saberlo?
-Es importante. Las palabras, tanto como los días, con el uso se desgastan hasta perder su significado.
-No me acuerdo.
-Sí te acuerdas, pero crees que me afectaría si me lo dices. Entiendo entonces que no ha sido ni una ni dos veces. Probablemente más de diez.
-¿A ti cuántas chicas te lo han dicho?
-Tres, incluida tú.
-¿Quién más?
-No las conoces.
-¿Y qué sentiste?
-Dos de ellas lo dijeron por simple protocolo, y yo les respondí de la misma manera.
-¿Y la otra?
-Ella pareció sincera, y yo también lo fui.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-¿Cómo se llama?
-Olivia.
-¿Todavía la amas?
-Creo que nunca dejaré de hacerlo.
-Mentiras. El amor va y viene. Un día te decepcionan y desaparece por completo, como si hubiera muerto la persona antes de que la conocieras.
-No te decepcionan cuando sabes qué esperar de ellas, lo bueno y lo malo.
-Pero aun así es posible que se te acabe el amor. El rostro envejece, se afea; lo que te pareció alguna vez simpático se te vuelve una costumbre; el sexo se apaga; aparecen nuevas personas en tu vida; cambias.
-El enamoramiento termina, sí. No dura más de dos meses desde que empiezas a salir con una chica. Pero cuando extrañas los celos tanto como las caricias, las palabras que se dijeron en la cama y los deseos compartidos, entonces has llegado más allá del enamoramiento.
-No, entonces estás acostumbrado. Quizás obsesionado.
-La costumbre se parece mucho al amor, pero no son lo mismo. Hay una pequeña franja que los separa, que es la que forman las lágrimas cuando caen por las mejillas. Las lágrimas silenciosas pesan mucho más, llenan los ojos. Las que salen de ellos se pierden, tal como la costumbre interrumpida.
-Cuando no estés extrañaré tus palabras.
-Siempre voy a estar.
-Algún día no. Me dejarás por una mujer más joven o te morirás.
-Te escribiré miles de cartas que podrás leer cuando muera, y entonces seguiré contigo.
-No lo harás.
-Sí lo haré, pero tú las leerás antes. Por eso haré el doble, y esas las encontrarás hasta que haya muerto.
-Ocho.
-¿Ocho?
-Sí. Ocho personas me han dicho que me aman, en la cama.
-¿Los recuerdas a todos?
-Sí.
-¿Eran sinceros?
-La mayoría no. Solamente creían que eso era lo que yo quería escuchar.
-Qué deprimente, ¿cierto? Los humanos usamos las palabras como dinero para comprar amor.
-A dos de ellos les creí.
-¿Y mentían?
-No.
-¿Por qué no estás con ellos?
-Sí lo estoy. Ahora mismo tengo a uno junto a mí.
-¿Y el otro? ¿No te reclamará?
-No. El otro se fue de casa cuando era niña. Me contaba cuentos de rusos alcohólicos y sus problemas con el juego, luego me ponía las sábanas hasta el cuello, apagaba la luz de mi cuarto y salía.
-Tu papá.
-Sí.
-¿Por qué se fue?
-No soportaba a mi mamá. Supe que se volvió a casar y que tuvo dos hijos. Después también me enteré de que le había dado cáncer. Murió el año pasado, pero sigue aquí. Lo puedo sentir.
-Ahora siento un poco de vergüenza por estar desnudo al lado de su hija.
-No le importa. Sabe que me amas, yo se lo dije.
-¿Y tú cómo sabes que te amo? ¿Por qué estás tan segura de que no se lo digo a todas?
-No importa a quién se lo digas, a mí me lo confesó tu mirada mucho antes.
-¡Vaya, qué indiscreta es mi mirada!
-Sí lo es.
-¿Qué otra cosa te ha dicho?
-Que no importa lo que pase, quieres estar conmigo. Que eres sincero. Que me quieres besar en este momento.
-No te quiero besar. Quiero hacerlo otra vez.
-¿No me vas a besar mientras lo hacemos?
-Sí.
-Entonces sí me quieres besar. Tu mirada nunca miente.
-Quisiera poder hablar la lengua de los ojos como tú.
-No es necesario. Yo te traduzco lo que los míos quieren decirte.
-¿Qué están diciendo ahora?
-Que te toca arriba.
-Te amo, Olivia.
-Nueve veces. Eres el primero en repetirlo.

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9 Julio 2007

La última línea

La primera y la última línea de un cuento siempre deben ser las más impactantes, como sugería Quiroga. Pero hay veces en las que el escritor tiene que empezar por la última oración. Decir con las primeras palabras el final de una historia, y luego explicar por qué terminó de esa manera.
-¡Vete al diablo! –dijo él.
Esa frase no sólo estaba conformada por fonemas, silencios y poquísima retórica, sino también por el último resquicio de fe y confianza en alguien. En ese alguien hacia quien iba dirigida la sentencia.
Pero antes de que él dijera “¡vete al diablo!” ocurrieron muchas cosas. Por ejemplo, conocerla a ella.
Fue una noche, o una tarde quizá (ése es un dato sinceramente intrascendente) cuando se vieron por primera vez. Ambos reconocieron algo en el otro, aunque no reconocieron qué era ese algo. O no quisieron ponerle nombre a ese algo.
Es posible que ese día hiciera frío, pues era invierno, pero eso no importó, ya que lo que sus ojos vieron era capaz de atravesar hasta al más grueso de los abrigos. Sin embargo, ese algo que se dijeron tan fácilmente con la mirada, no se lo dijeron hasta mucho tiempo más adelante con palabras.
-Te amo –dijo ella.
Más que como las dos palabras más gastadas de la historia de la humanidad, ella las había pronunciado como si hubiera sido la primera vez que se dijeran en el mundo entero. Y él las creyó.
No había sido fácil llegar hasta ahí. Cruzaron antes un valle de experiencias compartidas y morosas decisiones. Cada pieza se había movido durante siglos para ponerlos a ambos en el mismo lugar, a la misma hora, con las mismas necesidades.
Pero el lapso de tiempo fue corto, como sucede con todas las cosas buenas. Luego llegaron sin avisar los juicios aventurados, las dudas eternas, la inestabilidad emocional. Y lo que algún día fue especial, se había convertido inesperadamente en un cúmulo de celos y reclamaciones.
-¿No significó nada para ti? –dijo él.
Palabras voraces, como cualquier poeta sabe. Una interrogante cuya solución todas las mujeres tienen en la punta de la lengua desde el día en que nacen.
-Fue lindo, pero no podía continuar –dijo ella.
Una aseveración evidentemente debatible desde cualquier punto de vista lógico y, sin embargo, con un sabor tan a punto final que es capaz de silenciar al hombre más audaz.
Todo lo que comienza, debe terminar. Y además debe ocurrir siempre en una forma que asombre, que deje pálido de terror o que de la nada dibuje una sonrisa, según Quiroga.
Mas no así en la vida real. Donde hubo pasión, queda la inevitable sensación de un elaborado engaño, una simple simpatía; cuando las madrugadas parecían un sueño, comienzan a recordarse como una pesadilla; y cada verso se transforma en el vapor de una risible ingenuidad. Y los dos que decían amarse, entienden, cada cual a su manera, que fue solamente un espejismo.
-Estoy cansada –dice ella.
-¡Vete al diablo! –dice él, o quizá sólo lo piensa.

Tags: cuento, amor, desamor

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19 Junio 2007

Cuesta abajo en el paseo de los sueños destrozados

No importa. Siempre habrá un escalón más abajo. Y siempre habrá también cervezas. Y mujeres. Y ebrios desempleados con quiénes platicar de pasados sueños futuros. Y mujeres, más mujeres. No todas iguales, claro, pero eso no importa.
Y los imposibles serán posibles, y después nuevamente imposibles. Y las lágrimas tendrán nombres propios. ¿Y a quién le importa?
Los días te serán todos iguales, sin cortes entre uno y otro, hasta que aprendas a caminar por entre cicatrices. Y desees estar muerto. Y cuando lo desees más que nadie en el mundo te des cuenta de que no es lo que quieres realmente. O que no te atreves. O un poco de ambas.
Entonces serás libre. Y tendrás mucho tiempo qué gastar. Y la noche será tu amiga. Y las mujeres. Las mujeres también serán tus amigas, pero nunca más amarás a una. O las amarás a todas sin que lo sepas.
Amigo, no importa. Porque no serás el primero ni el último. Si vas a la calle verás a algunos. Si vuelves a casa verás a varios más. Y cada día cuando salgas de bañarte verás a otro, desnudo y despeinado. Con la mirada perdida. Cansado de buscar. Con aliento alcohólico. Perdido.
Luego vendrás a pedirme consejo. Y solamente te voy a mirar unos segundos antes de alcanzarte una pluma y un papel. Vas a intentar escribir en él. Pero nada más vas a poder dibujar círculos concéntricos, y después te lo vas a comer. Y pedirás otra cerveza.
Con un poco de suerte conocerás a una mujer que te cocine a diario. Y si eres más afortunado aun, no te dejará sino hasta pasados cinco o seis meses. Y luego llegará otra a la que le repetirás el mismo discurso.
Pero mi amigo, eso tampoco importa. Porque después se te caerán los dientes. Y la barriga. Y el pene. Y así ya no va a haber a quién saludar al volver de la taberna. Pero no pongas esa cara. En la taberna encontrarás a buenas personas. Y quizá algunas de ellas te quieran acompañar por un trago a casa. Por eso es importante que siempre guardes una o dos botellas de reserva, más las que vayas a tomar. Y un poco de agua, para que no se acabe tan pronto.
No llores. Hay más cosas buenas. Está, por ejemplo, toda tu libertad. No habrá reglas, más que aquellas que nos puso la naturaleza: tienes que salir por un pedazo de pan de vez en cuando, y tienes que conseguir un cuarto con baño para poder orinar y vomitar cuando haga falta. Pero los días, a cambio, serán todos tuyos. Y cuando veas a la gente con prisa, y tú puedas arrastrar los pies entre toda esa confusión, sabrás que has ganado.
También tendrás que adiestrar a algunos perros, para que te protejan de otros como tú, y para que puedas robarles las sobras que les echen. Los gatos no. A esos mejor de lejos.
¿Quieres otra cerveza? A mí me parece que sí. Tienes que desear siempre otra cerveza. Y más cuando te la ofrecen. Y yo te la estoy ofreciendo ahora. Hasta que despiertes en otra taberna. O en un parque. O en algún otro lugar. Y lo primero que tienes que hacer entonces es buscar más bebida. Porque si no, es posible que vuelvas a las prisas, y al trabajo, y a los enamoramientos. Y eso, ambos lo sabemos, no es lo que quieres.
En la gaveta donde guardes el ron esconde también un par de discos de jazz. Y asegúrate de tener dónde reproducirlos. Se me había pasado comentarte ese importante detalle. Sin jazz no hay borrachera que valga, ¿lo entiendes? Claro que lo entiendes. Por eso asientes con la cabeza, aunque no puedas levantarla de la mesa.
Mira, ahí va entrando una mujer. Sólo vienen aquí cuando necesitan olvidar a un hombre que las ha engañado. Y tú eres el indicado para hacerlas olvidar. Así que anda, ve con ella e invítale un trago. Va por mi cuenta. Pero no te quedes ahí, muévete o te la van a ganar. Eso es. Con decisión.
Y ahora nos hemos quedado nuevamente solos tú y yo. Pero regresará. Le hace falta un poco de manoseo, y después vendrá a pedirme otra cerveza. Y con gusto se la daré. Mejor a él que a una mujer. Ya no perdemos el tiempo en esas cosas. Ni ellas lo pierden con nosotros. Alguna jovencita de vez en cuando. Pero sólo para descargar. Y luego otra vez tú y yo.
¿Qué te parece? Nuestro amigo no ha tenido suerte con esa mujer. Creo que le vendría bien otro trago. A él, y a ella también. ¿Qué dices, se los mando? Estoy de acuerdo, es lo menos que puedo hacer por él.
Yo también quiero otro. Porque ¿sabes?, ya nada importa. Ni las palabras de amor, ni las palmadas en la espalda, ni los putos noticieros, ni la suerte. No importa.
¿Ya viste? Esta vez sí ha funcionado. Nuestro joven amigo se ha ganado a la mujer. Brindemos por ello.

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12 Junio 2007

Los príncipes la tienen chiquita

Blanca Nieves y la Bella Durmiente mantenían una relación en secreto. Ambas creían que la persona más indicada para satisfacer a una mujer era, precisamente, otra mujer.
A pesar de sus respectivos matrimonios con sendos príncipes azules, su vida sexual no era plena.
-La tiene muy chiquita –decía Blanca Nieves.
-Se viene muy rápido –comentaba la Bella Durmiente.
Fuera de eso, sus vidas en matrimonio eran relativamente confortables: tenían auto, chofer, empleados domésticos, guardaespaldas y iPods propios.
Las dos princesas se veían cada martes y viernes en casa de los enanitos, de día, mientras ellos trabajaban en una mina. Las camas les quedaban, por lo tanto, muy pequeñas, pero juntando tres o cuatro les era más que suficiente para hacer el amor en todas las posiciones posibles.
Intentemos la tijerita, decía una; mejor el candado, decía la otra. Finalmente probaban suerte con ambas, hasta quedar saciadas.
Por su parte, los príncipes azules no tenían ni la más leve sospecha de que esas reuniones matutinas de sus mujeres terminaban siempre en sudor real.
Ellos salían muy temprano, cada cual de su castillo, y se aventuraban al pueblo para atender “importantes negocios”, como decían, en son de burla, las princesas.
Poco a poco Blanca Nieves y la Bella Durmiente empezaron a sentir deseos de experimentar cosas nuevas, así que decidieron invitar a todas las princesas de los reinos cercanos. Cenicienta, Ariel, Jazmín, Bella, Rapunzel y muchas otras chicas de las altas esferas sociales se daban cita en casa de los enanitos, hasta que aquellas reuniones se convirtieron en las más increíbles orgías de princesas jamás vistas.
La voz se corrió por todo el universo, y de pronto la casa de los enanitos no fue suficiente para albergar a tanta princesa insatisfecha sexualmente, así que decidieron alternar sus propiedades.
-¡Mañana en mi casa! –sugería Fiona.
-¡Ahora en la mía! –apuntaba Leia.
-¡La próxima semana me toca a mí! –ofrecía Carolina de Mónaco.
En poco tiempo las mujeres acordaron verse a diario. Algunas proponían nuevas técnicas; algunas más llevaban estilizados juguetes; otras sacaban a relucir sus fetiches: que si déjate puestas las zapatillas de cristal, que si envuélveme con tu largo, largo cabello, etc.
Así pues, las princesas, sin excepción, coincidían en que ni todo el oro del mundo, ni todas las joyas, ni lámparas mágicas o cajitas musicales, ni nada que sus maridos pudieran ofrecerles, sustituirían jamás esas mañanas de celestiales orgías femeninas.

Apéndice:
Los enanitos, quienes nunca fueron capaces de llevar a su casa a una sola mujer por propia voluntad, se sorprendieron mucho un viernes al encontrar sus camas con los resortes salidos y las patas quebradas. Como el trabajo en la mina no da para solventar gastos tan fuertes, ahora, resignados, duermen en el piso dentro de las fundas de sus almohadas.

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Pedro detesta a las cucarachas, a los racistas y a la carne por igual. Pedro no sabe nada de integrales ni derivadas. Pedro fuma. Pedro escribe de noche. Pedro ama lo suficiente a los libros como para leerlos, pero no tanto como para atesorarlos. Lo mismo le sucede con las mujeres. A Pedro la única bebida embriagante que le gusta es el tequila. Pedro ríe cuando ve los Simpsons, y llora cuando escucha Radiohead a solas. Pedro cumplirá tus más imprudentes fantasías lectoriles.
   

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