Mañana no se presentará Guns N’
Roses en el Palacio de los Deportes, sino una versión mutilada de aquel grupo que algún día fue el rey del hard rock.
Axl Rose está gordo, rastudo, y su voz no alcanza ya los tonos altos de antaño. Slash, Duff McKagan y Matt Sorum ya no son sus compañeros de banda y, para colmo, él cree que sigue siendo un rockero “de onda”.
El álbum Chinesse Democracy, que Axl promete desde hace 12 años, no se ve
para cuando salga, y la verdad es que a quienes nos gustan los discos Appetite for Destruction y los dos Use Your Illusion, preferimos quedarnos con ese gastado pero buen sabor de boca.

En los MTV Video Music Awards del 2003, unos “nuevos” Guns N’ Roses, liderados por Axl, cerraron la gala ante muchas, muchísimas expectativas por su regreso. El espectáculo fue de pena ajena: las canciones viejas fueron totalmente arruinadas, y las nuevas sonaron fuera de época, completamente obsoletas.
Pero, a pesar de todo ello, Axl en su momento fue un ícono del rock & roll, y eso es razón suficiente para ir a ver a este “nuevo” GNR. Aunque su garganta torture los oídos y sus músicos parezcan extraídos de un mal chiste, es GNR en México, de vuelta tras 15 años de ausencia.
Será muy probablemente la última oportunidad de escuchar “Sweet Child O’ Mine”, “Welcome to the Jungle” o “November Rain”, antes de que el señor Rose aumente otros 10 kilos y su cara esté tan operada que ya no pueda gesticular.
El concierto de Guns N’ Roses es recomendable para aquellos que a los 14 años se amarraban un paliacate como Axl o, en el peor de los casos, se ponían unas licras y un jersey de los Raiders para bailar “Rocket Queen”. A todos los demás los va a decepcionar o, quizá, hasta enfurecer.