Cuesta abajo en el paseo de los sueños destrozados
No importa. Siempre habrá un escalón más abajo. Y siempre habrá también cervezas. Y mujeres. Y ebrios desempleados con quiénes platicar de pasados sueños futuros. Y mujeres, más mujeres. No todas iguales, claro, pero eso no importa.
Y los imposibles serán posibles, y después nuevamente imposibles. Y las lágrimas tendrán nombres propios. ¿Y a quién le importa?
Los días te serán todos iguales, sin cortes entre uno y otro, hasta que aprendas a caminar por entre cicatrices. Y desees estar muerto. Y cuando lo desees más que nadie en el mundo te des cuenta de que no es lo que quieres realmente. O que no te atreves. O un poco de ambas.
Entonces serás libre. Y tendrás mucho tiempo qué gastar. Y la noche será tu amiga. Y las mujeres. Las mujeres también serán tus amigas, pero nunca más amarás a una. O las amarás a todas sin que lo sepas.
Amigo, no importa. Porque no serás el primero ni el último. Si vas a la calle verás a algunos. Si vuelves a casa verás a varios más. Y cada día cuando salgas de bañarte verás a otro, desnudo y despeinado. Con la mirada perdida. Cansado de buscar. Con aliento alcohólico. Perdido.
Luego vendrás a pedirme consejo. Y solamente te voy a mirar unos segundos antes de alcanzarte una pluma y un papel. Vas a intentar escribir en él. Pero nada más vas a poder dibujar círculos concéntricos, y después te lo vas a comer. Y pedirás otra cerveza.
Con un poco de suerte conocerás a una mujer que te cocine a diario. Y si eres más afortunado aun, no te dejará sino hasta pasados cinco o seis meses. Y luego llegará otra a la que le repetirás el mismo discurso.
Pero mi amigo, eso tampoco importa. Porque después se te caerán los dientes. Y la barriga. Y el pene. Y así ya no va a haber a quién saludar al volver de la taberna. Pero no pongas esa cara. En la taberna encontrarás a buenas personas. Y quizá algunas de ellas te quieran acompañar por un trago a casa. Por eso es importante que siempre guardes una o dos botellas de reserva, más las que vayas a tomar. Y un poco de agua, para que no se acabe tan pronto.
No llores. Hay más cosas buenas. Está, por ejemplo, toda tu libertad. No habrá reglas, más que aquellas que nos puso la naturaleza: tienes que salir por un pedazo de pan de vez en cuando, y tienes que conseguir un cuarto con baño para poder orinar y vomitar cuando haga falta. Pero los días, a cambio, serán todos tuyos. Y cuando veas a la gente con prisa, y tú puedas arrastrar los pies entre toda esa confusión, sabrás que has ganado.
También tendrás que adiestrar a algunos perros, para que te protejan de otros como tú, y para que puedas robarles las sobras que les echen. Los gatos no. A esos mejor de lejos.
¿Quieres otra cerveza? A mí me parece que sí. Tienes que desear siempre otra cerveza. Y más cuando te la ofrecen. Y yo te la estoy ofreciendo ahora. Hasta que despiertes en otra taberna. O en un parque. O en algún otro lugar. Y lo primero que tienes que hacer entonces es buscar más bebida. Porque si no, es posible que vuelvas a las prisas, y al trabajo, y a los enamoramientos. Y eso, ambos lo sabemos, no es lo que quieres.
En la gaveta donde guardes el ron esconde también un par de discos de jazz. Y asegúrate de tener dónde reproducirlos. Se me había pasado comentarte ese importante detalle. Sin jazz no hay borrachera que valga, ¿lo entiendes? Claro que lo entiendes. Por eso asientes con la cabeza, aunque no puedas levantarla de la mesa.
Mira, ahí va entrando una mujer. Sólo vienen aquí cuando necesitan olvidar a un hombre que las ha engañado. Y tú eres el indicado para hacerlas olvidar. Así que anda, ve con ella e invítale un trago. Va por mi cuenta. Pero no te quedes ahí, muévete o te la van a ganar. Eso es. Con decisión.
Y ahora nos hemos quedado nuevamente solos tú y yo. Pero regresará. Le hace falta un poco de manoseo, y después vendrá a pedirme otra cerveza. Y con gusto se la daré. Mejor a él que a una mujer. Ya no perdemos el tiempo en esas cosas. Ni ellas lo pierden con nosotros. Alguna jovencita de vez en cuando. Pero sólo para descargar. Y luego otra vez tú y yo.
¿Qué te parece? Nuestro amigo no ha tenido suerte con esa mujer. Creo que le vendría bien otro trago. A él, y a ella también. ¿Qué dices, se los mando? Estoy de acuerdo, es lo menos que puedo hacer por él.
Yo también quiero otro. Porque ¿sabes?, ya nada importa. Ni las palabras de amor, ni las palmadas en la espalda, ni los putos noticieros, ni la suerte. No importa.
¿Ya viste? Esta vez sí ha funcionado. Nuestro joven amigo se ha ganado a la mujer. Brindemos por ello.

65x65.jpg)

mo24590 dijo
No hay quien no Dispare el viernes por la Noche.
19 Junio 2007 | 12:52 PM