Contraflujo está cumpliendo su primer mes de vida el día de hoy, y también hoy mismo está llegando a las 2,000 visitas (no hagan mucho caso al contador que se ve, pues ése lo puse hace menos de 2 semanas).
Además, en este mes he posteado 16 veces (17, si contamos esta entrada), lo cual, de igual manera, es todo un récord personal.
La única forma que se me ocurre de festejarlo es agregando aquí alguno de los escritos que tuvieron fortuna en mi antiguo blog, Espacio Adentro, y probablemente lo cumpla como regla permanente: cada mes o cada 2,000 visitas añadiré uno de esos viejos textos.
Éste que leerán a continuación es de los que más buenos comentarios recibió en aquel entonces, espero que les guste a quienes no lo han visto.
Gracias a todos.
__________________________________________________________

Cara de fumador

Los fumadores estamos bien pendejos. Sabemos que vamos a morir a causa del cigarro, sabemos que esa muerte va a ser dolorosa, sabemos que no podemos coger (o hacer el amor, como prefieran) con el mismo vigor, y aun así, cada que encendemos un cigarrillo ponemos la misma jeta de James Dean o Brad Pitt en alguno de sus papeles más rudos.
Pero por el momento no voy a poner especial atención en las muertes horrorosas de los fumadores, sino más bien en la gente que pone esas jetas de galán hollywoodense.
Por ejemplo, ayer iba tranquilamente manejando el Chevy de mi papá, y un cabrón como de 35 años se paró junto a mí en un alto, me miró como si yo le hubiera bajado a su novia, y luego le subió a su radio como pa que notara que sus bocinas sonaban bien padre y bien duro.
Yo escuchaba Franz Ferdinand, que enmudeció cuando por mi ventana entró como un rugido algo como esto: "Nooooo, no me digas que no, no, no" a ritmo happypunkero. Pinches chingaderas, pensé.
Y güeyes como éste hay muchos. Hoy cuando cruzaba la calle de mi trabajo, apareció uno de estos Brads o James piratas en su nave. No me sé la marca porque no soy nada bueno para esas cosas, pero se notaba que le había costado mucho dinero. Mucho, mucho dinero. Demasiado dinero. Y al parecer él se sentía orgulloso de haber gastado todo ese dinero en un objeto que, en rigor, hace lo mismo que mi Chevy, o que un microbús o que una bicicleta. Que el metro no porque dicho vehículo es más veloz, y usándolo de lunes a viernes durante cuatro años nuestro querido Brad apenas gastaría 2,080 pesos, una cantidad ridícula frente a la todavía más rídicula cifra que él gastó en su súper nave.
En fin, no era mi intención criticar los "pequeños" placeres de cada quien, sino más bien sus jetas falsas al prender un cigarrillo, pero en mi defensa puedo decir que los dos sujetos que mencioné traían uno en la boca.
Como sea, he decidido que de ahora en adelante cuando prenda un cigarro voy a tratar de poner una cara de menso que ni se imaginan. Lo que todavía no decido es si poner la del Chavo del ocho o la de Jim Carrey, pero seguro que va a ser tan cagada que que los niños que me vean no van a querer fumar nunca.