La primera y la última línea de un cuento siempre deben ser las más impactantes, como sugería Quiroga. Pero hay veces en las que el escritor tiene que empezar por la última oración. Decir con las primeras palabras el final de una historia, y luego explicar por qué terminó de esa manera.
-¡Vete al diablo! –dijo él.
Esa frase no sólo estaba conformada por fonemas, silencios y poquísima retórica, sino también por el último resquicio de fe y confianza en alguien. En ese alguien hacia quien iba dirigida la sentencia.
Pero antes de que él dijera “¡vete al diablo!” ocurrieron muchas cosas. Por ejemplo, conocerla a ella.
Fue una noche, o una tarde quizá (ése es un dato sinceramente intrascendente) cuando se vieron por primera vez. Ambos reconocieron algo en el otro, aunque no reconocieron qué era ese algo. O no quisieron ponerle nombre a ese algo.
Es posible que ese día hiciera frío, pues era invierno, pero eso no importó, ya que lo que sus ojos vieron era capaz de atravesar hasta al más grueso de los abrigos. Sin embargo, ese algo que se dijeron tan fácilmente con la mirada, no se lo dijeron hasta mucho tiempo más adelante con palabras.
-Te amo –dijo ella.
Más que como las dos palabras más gastadas de la historia de la humanidad, ella las había pronunciado como si hubiera sido la primera vez que se dijeran en el mundo entero. Y él las creyó.
No había sido fácil llegar hasta ahí. Cruzaron antes un valle de experiencias compartidas y morosas decisiones. Cada pieza se había movido durante siglos para ponerlos a ambos en el mismo lugar, a la misma hora, con las mismas necesidades.
Pero el lapso de tiempo fue corto, como sucede con todas las cosas buenas. Luego llegaron sin avisar los juicios aventurados, las dudas eternas, la inestabilidad emocional. Y lo que algún día fue especial, se había convertido inesperadamente en un cúmulo de celos y reclamaciones.
-¿No significó nada para ti? –dijo él.
Palabras voraces, como cualquier poeta sabe. Una interrogante cuya solución todas las mujeres tienen en la punta de la lengua desde el día en que nacen.
-Fue lindo, pero no podía continuar –dijo ella.
Una aseveración evidentemente debatible desde cualquier punto de vista lógico y, sin embargo, con un sabor tan a punto final que es capaz de silenciar al hombre más audaz.
Todo lo que comienza, debe terminar. Y además debe ocurrir siempre en una forma que asombre, que deje pálido de terror o que de la nada dibuje una sonrisa, según Quiroga.
Mas no así en la vida real. Donde hubo pasión, queda la inevitable sensación de un elaborado engaño, una simple simpatía; cuando las madrugadas parecían un sueño, comienzan a recordarse como una pesadilla; y cada verso se transforma en el vapor de una risible ingenuidad. Y los dos que decían amarse, entienden, cada cual a su manera, que fue solamente un espejismo.
-Estoy cansada –dice ella.
-¡Vete al diablo! –dice él, o quizá sólo lo piensa.