La Coctelera

Contraflujo

Todo es cuestionable

7 Septiembre 2007

En compañía

Aquélla que está sentada frente a mí es Laura. Lleva hablando media hora y no para. Ya perdí la cuenta de las copas que ha pedido, pero han sido demasiadas. Lo que me preocupa es que yo voy a pagar.
También perdí el hilo de la conversación en cuanto empezó a hablar de los negocios de su padre, y cómo ha descuidado a su madre por ellos. Bla, bla, bla. Solamente asiento con la cabeza a la manera de un robot. Y ella no tiene ni idea de que llevo rato sin saber qué dice. El alcohol ha hecho su labor.
Ésa otra que ven en la mesa de enfrente no sé cómo se llama, pero no ha dejado de mirarme desde que llegamos. El tipo que está a su lado se ve bastante mayor en comparación a ella. Probablemente sea su jefe y estén pactando las condiciones de un ascenso. Trae una minifalda de campeonato. Roja. Y su escote es generoso a la vista. Tiene ganas, y yo también. Cuando se levante al baño será la señal. Ambos lo sabemos. Mientras, a seguir bostezando con Laura.
La que acaba de mandarme un mensaje al teléfono es Sofía. Fue mi novia durante seis meses, y quiere que volvamos. En el mensaje puso “Ven a mi casa. Hay fiesta.” No nos vemos desde hace tiempo, pero ella quedó prendada de mis maneras en la cama. Sólo así se enamoran. A mí no me interesa, pero tiene buenas caderas y será sencillo acostarme con ella si no sale nada mejor.
Ésta otra que ven dando vueltas en mi cabeza se llama Natalia. Me gusta desde que íbamos en el kinder. Tiene un marido muy estúpido. Sus ojos son verdes, su cabello negro, sus labios gordos como azotadores. Jamás la he besado. Cada año, desde hace 14, es mi propósito de año nuevo.
Laura está muy ebria y quiere que la lleve a su casa. Su intención es hacerme pasar y después meterme en la cama. Despertará a mi lado, me abrazará y dirá que me ama. Como Hans Solo yo le contestaré un “lo sé”, y comenzarán los reproches. Dirá que se entregó creyendo que yo sentía lo mismo, aunque en realidad nunca le hubiera dado muestras de ello.
Así son las mujeres: crean sus propias historias, y nos incluyen en ellas como si fuéramos personajes acartonados, sin opción a decidir. Pasado el fin de semana nos veremos en el trabajo y ya habrá esparcido chismes acerca de mí. Que si mi pene es pequeño, o que si la invité a cenar para llevarla luego a la cama. Le creerán, y ninguna otra colega querrá salir conmigo.
Incluida Teresa. Ella tiene las nalgas más apetitosas de toda la oficina. Son como dos cascos de futbol americano. Y sus piernas ni se diga. Como de jugador de futbol americano. No es bonita, pero me encantaría “taclearla” alguna vez.
Así que mejor llamo al mesero y le pido que traiga un buen corte para Laura. No nos moveremos del restaurante hasta que se le calmen el mareo y la calentura. Y mucho menos si la sexy desconocida de la mesa de enfrente no se ha parado al baño.
Hablando de baño, ahora vuelvo.
Ya, disculpen. Hice tiempo lavándome la cara y retocándome un poco el peinado para ver si se aparecía la mujer de la minifalda, pero no ocurrió. Tal vez me dio señales falsas. O las entendí mal. Aunque eso sería poco probable. Quizá lo está haciendo difícil. A lo mejor el vejete con el que está se ha dado cuenta. Así que tendrá que ser a su manera.
Aquel sujeto que ven ahí parado junto a una pareja soy yo. Estoy saludándola ahora mismo, fingiendo que la conozco de la universidad. Ella sigue el juego. Hace mucho que no te veía, le digo. Ten mi número de celular, háblame cuando quieras, dice. ¿Ven? Sus señales: si quería algo con ella, no iba a ser tan sencillo. Se llama Alicia. Fue prudente al escribir su nombre en la servilleta en la que apuntó el número. No es la primera vez que hace algo así, evidentemente.
Ahora sí me llevo a Laura a su casa. Ya no está ebria, pero figura estarlo para desinhibirse e invitarme a pasar. Rechazo la oferta. Insiste. Uso una enorme gama de pretextos. No cesa en sus intenciones. Tengo que ceder.
Más pronto de lo que esperaba me lleva a su habitación, sin rodeos, siempre haciéndose la borracha. Hacemos la danza del colchón. Una vez. Y otra. Me dice que me ama. Ni modo, para zafarme pronto yo también se lo digo. Tengo que darle de comer al perro, no he estado en casa en todo el día, le digo. No de muy buena gana, pero accede a que me vaya.
Ese Audi de ahí es mío. Es mi bebé. Apenas subo en él, le hablo a Alicia. Te tardaste, dice. Te invito a una fiesta, propongo.
Ese edificio que está al otro lado de la acera es donde vive. Demora un poco en bajar, pero al verla en esa minifalda roja la espera se me olvida. Tiene 23 años. Es chef. Bueno, desea ser chef, pero no tiene trabajo por el momento. Sus piernas se ven aun más espectaculares posando encima del asiento de piel del Audi. Mi bebé.
Llegamos a la fiesta de Sofía. Disimula su molestia al verme acompañado. Hay mucha gente. Sirvo un vodka para Alicia, y uno para mí. A su edad probablemente no le guste el whisky. Nos quedamos parados platicando en un rincón de la sala. No conozco a nadie más que a Sofía, que lleva un rato hablando de Alicia y de mí con sus amigas, de forma poco discreta. Está ebria, y eso incomoda a mi acompañante.
La llevo de vuelta a su casa. Vive sola desde hace dos meses. Su refrigerador está vacío. Sus alacenas, vacías. Su botica, vacía.
No tengo tantas ganas de hacerlo, pero no puedo quedarle mal. Cómo se nota que es joven: no para de saltarme encima. ¿No es maravillosa la manera en que se azota su rubia melena por los aires?
Ella no se compromete. Sabe que no nos volveremos a ver, hasta que nos encontremos en un par de años en el supermercado. Seguramente traerá en brazos a su bebé de pocas semanas, y estará mucho menos buena que ahora. Por la pena intentará esconderse de mí, pero yo la saludaré. Mientras ella se encuentre eligiendo entre un arroz blanco y uno rojo, yo estaré cargando en la mano un empaque de cervezas. Va a coquetearme, deseando encontrar en mí un escape a su rutina. Yo me despediré pronto, y esa sí será la última vez que nos veremos.
Como dije, ella no se compromete. No hay te amos ni miradas tiernas. No le afecta que me vaya antes del amanecer. Ni siquiera se molesta en levantarse de la cama para acompañarme hasta la puerta.
Subo nuevamente a mi bebé. A 120 kilómetros por hora, Natalia es una ráfaga de viento en mi cabeza. Pensar en ella casi me hace llorar de alegría, de celos, de tristeza, de rabia, de envidia. Por un pequeño instante mis manos quieren girar el volante en dirección a su casa, pero las detengo. Lo mejor será volver a la fiesta.
Casi todos se han ido. Miren, ese bulto ahí arrojado sobre el sofá es Sofía. Su vestido le llega hasta el ombligo. Las que hacen sombra a su alrededor son sus amigas: Tere, Vero, Linda y Asia. También están borrachas. Fíjense bien, podría jurar que Linda y Asia se irán de aquí a un hotel a hacerlo. De hecho, es posible que ya lo estuvieran haciendo si yo no hubiera llegado. Creerán que son lesbianas. Lo que hagan las perseguirá mucho tiempo. Se llenarán de dudas. Pero luego sabrán que solamente fue el sexo que sus maridos no saben darles.
¿Ven?, ya se despidieron. No se aguantan.
Sofía sigue dormida, y las otras dos no tardan en seguirla al mundo de los sueños, cada una en un sillón.
Terminó la fiesta, pero no la bebida. Me sirvo un trago y lo bebo a un lado de las damas. Las miro. Las examino meticulosamente. Cada lunar, cada cicatriz pasa por mis pupilas. Su ropa interior está al descubierto. Lo saben. Entre las tres deben sumar más de un año sin ser tocadas por un hombre. Por un hombre de verdad. De no haber desechado ya tanto esperma durante la noche, quizá les habría hecho el favor.
Sólo puedo pensar en Natalia. En Natalia teniendo relaciones con su esposo, mientras él piensa en su secretaria. Natalia preparándole el desayuno, planchándole la camisa, lavando su corbata a cuadros. Es la única mujer que quiero, y es la única que no me desea.
No ser correspondido, amigos míos, es probablemente el peor de los infiernos. Todo el sexo que tengo por delante lo cambiaría por que Natalia preparara el café de la mañana, o tendiera la cama conmigo. Por que despertara a mi lado, con el rimel estropeado y el cabello batido.
Ése que ven ahí tumbado en un sillón color marrón, con los ojos cerrados y los puños apretados, soy yo. Ése que tiene ya poco pelo en lo alto de la frente y mucho en sus oídos, también soy yo. Al que ven haciendo el amor con tres mujeres mientras su mente está en otra parte, en un lugar que se encuentra ocupado por alguien más, soy yo.
Ésos que me ven desde una ventana, desde una letra, desde adentro de sí mismos, son ustedes.

servido por Pedro 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Andrés

Andrés dijo

Mi señor, me gustó mucho el estilo y la agilidad narrativa. El tema está tristón, pero también está muy bien el hecho de mostrar la cantidad de damas que pasan por la mente del tipo en un ratito.
Saludos!

11 Septiembre 2007 | 09:33 PM

Iván Planeta

Iván Planeta dijo

El texto inicia con de una forma grandiosa: "Aquélla que está sentada frente a mí es Laura."

encierra tanto... que invita a seguir caminando junto a tus letras.

Y que decir del desenlace... wooow... nosotros.

que maravilloso es leer algo que te alimenta, que te da sed y que te deja beber de él.

un saludo emorme lleno de admiración ingenua.

Iván

13 Septiembre 2007 | 04:42 AM

miface

miface dijo

La extraña y razonable mente de un hombre... me parece muy buena historia, tan real y a la vez fantástica, me recordaste a muchos otros hombre que he leído y siempre se quejan de lo mismo, la mujer que aman y no los toman en cuenta. ¿Porqué será que los hombres aman a una y se acuestan con otrassss?. El amor cuesta caro, pero por algo existen las oprtunidades, el que pestañea pierde como dicen por ahí. Este es mi consejo: hombres, las mujeres los amamos cuando nos miran a tiempo, no después. Es casi imposible saberlo, pero ¿para qué existe la comunicación?, las mujeres nos enamoramos más fácil de lo que creen, pero odiámos por más tiempo, porque nos quedamos pegadas en eso, somos de sentimientos, no de emociones baratas.
Pero al fin quién entiende a quién, ustedes a lo suyo y nosotras a lo nuestro. Siempre y cuando el cariño no falte.

saludos y bonito tema a tratar.

15 Septiembre 2007 | 05:44 AM

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

Hola Pedro, me has traído hasta una lectura extensa e intensa, es bueno tener acceso al laberinto mental masculino que las mujeres creemos imaginar. Es casi infinito, tiene tantos recovecos como minutos tu vida.
Un saludo para tí

19 Septiembre 2007 | 06:24 PM

miverdaderoyo

miverdaderoyo dijo

Pedro pedrito pedrete:
Pero que texto, la verdad me dejaste la boca abierta, me gusto lo uqe lei muy ingenioso e imagino que honesto. Sera un placer pasar seguido a leerte.
Besos
Romi

19 Septiembre 2007 | 06:40 PM

verdades_del_alma

verdades_del_alma dijo

Epa interesante paseo por tu mente, si quieres te invito a pasear por la mia, tal vez mas aburrida pero no menos sincera.

19 Septiembre 2007 | 07:15 PM

nocturna

nocturna dijo

Buen encadenamiento!
Manda narices..y a mi me cierran mi Space en MSN..por tener imágenes inadecuadas?...solo en este articulo tuyo, hay mas erotismo que en unas sola de las imágenes que yo puse..en fin, que se le va a hacer, unos crían fama y otros escaldan la lana (guiño)...Noc_

19 Septiembre 2007 | 10:20 PM

Luciano Doti

Luciano Doti dijo

Un relato frenetico, y la descripcion de los diferentes estereotipos femeninos es acertada.

26 Septiembre 2007 | 01:54 AM

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Pedro detesta a las cucarachas, a los racistas y a la carne por igual. Pedro no sabe nada de integrales ni derivadas. Pedro fuma. Pedro escribe de noche. Pedro ama lo suficiente a los libros como para leerlos, pero no tanto como para atesorarlos. Lo mismo le sucede con las mujeres. A Pedro la única bebida embriagante que le gusta es el tequila. Pedro ríe cuando ve los Simpsons, y llora cuando escucha Radiohead a solas. Pedro cumplirá tus más imprudentes fantasías lectoriles.
   

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