Uno
Siempre se debe empezar un poema
con palabras amigables,
serpentinas para los ojos de los
lectores
-monos ricos de cuatro ruedas-
o para sus quietas almas.
Y siempre debes ser/ tienes que,
siempre.
No necesitas estar ebrio,
ni vender seguros, ni tocar bien la guitarra,
porque eres uno más,
hagas lo que hagas,
vayas a donde vayas,
creas en lo que creas.
Nada.
Eso eres tú.
Yo no. Yo ni siquiera soy.
Ni podría haber sido.
Uno que se parara a bailar
cuando todos lo miran.
O uno de esos otros,
que cuanto más odian a dios, más hablan de él.
Yo no.
Porque las mujeres siempre
porque el cabello de ella nunca
porque la ropa en el piso siempre
porque su pierna sobre la tuya nunca
porque solo siempre
porque nunca
El corazón nunca debe ser mencionado en un poema.
Solamente
dibujarse.
Y menos un corazón que lleva muerto un siglo,
calcetín perdido en medio del pecho.
Y los poemas nunca deben combatir dragones,
ni hablar de suicidios entre amantes,
a lo mucho decir dos o tres palabras con química,
mojarse los pies en charcos sucios
y sumergir la corbata en la sopa.
Nunca decir.
Murmurar siempre.

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Nadie dijo
He cometido entonces muchos errores. Creo que no he escrito ni un solo poema. Gritos desde ese calcetín perdido en el pecho.
Me gustan sus murmullos.
3 Octubre 2009 | 04:30 AM