Las piedras se apilan sobre la espalda
como horas sobre días;
cada uno de sus gramos es una sonrisa,
un viaje en autobús,
sudor de manos jóvenes
empapando manos más viejas.
Y corremos aprisa
sin saber bien a dónde,
con las piernas fatigadas,
jorobados por el peso del cielo sobre nuestra cabeza;
y las nubes flotan encima,
son recuerdos carroñeros,
vapor de la saliva de un beso guardado bajo llave
que de vez en cuando nos cubre nuevamente con su sombra.
Dormimos con la esperanza de que la noche
no se nos caiga encima
y sus estrellas se nos entierren
en los brazos como astillas.
O que cielo oscuro derrame su petróleo
sobre el mar de nuestros sueños inducidos.
Entonces tenemos a nuestra disposición absoluta
una segunda vida, sin principios ni finales,
una vida por sí misma, concreta y suceptible de horrores,
pero sin paredes o fechas,
que son separadores de nuestro libro,
donde el tiempo es una decisión
y no visceversa.
Despertamos con el rostro derretido
por la luz del sol
y la mano busca en vano un par de anteojos
que nos regrese la vista.
El mundo se endurece
y se adelgaza hasta caber por el cuello del reloj de arena.
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