Somos amigos desde hace unas pocas semanas. Me encontraba en el bar sin un centavo y él, ya un poco ebrio, se me acercó a platicar y me invitó una cerveza. Y todo el que me invite una cerveza es mi amigo, quizá por unos pocos minutos o quizá por años, pero amigo al fin y al cabo. Yo le fui sacando toda la conversación porque se notaba a leguas que él era muy nuevo en esas cosas de hablar con extraños en un bar. Así que le pregunté las cosas de siempre: si tenía mujer, si tenía hijos, si tenía trabajo, si tenía más dinero para otra ronda. A primera vista pensé que sería uno de esos maridos ricos que se hartan de la monotonía del matrimonio y deciden acudir alguna vez por un par de tragos para seguir trabajando y haciendo dinero y gastándolo en su familia a partir del día siguiente. Y sí, él era uno de esos.
Normalmente la cosa termina allí. Invitan la bebida de toda la noche, te cuentan sus problemas y luego se van para no volver más. Te convierten en su psicólogo de bar. Sale más barato y es menos ridículo contarle a los compañeros de oficina que hablaste con un borracho que con un loquero. Además también el alivio es mayor, pues una vez que han terminado toda su perorata de dificultades, comienzan a preguntarte por las tuyas. Y se confortan digas lo que digas, porque eres un borracho. No tengo mujer, ¡uy qué hombre tan solitario!; tengo muchas mujeres, ¡uy qué vida tan vacía!; no tengo un trabajo fijo, ¡terrible, este hombre no tiene futuro! Y así siguen. Tratando de encontrar consuelo para sus miserables vidas, comparándola con tu miserable vida. Luego regresan a casa sonriendo y dan un gran beso a su mujer dormida y van al cuarto de los niños a taparlos hasta la barbilla. No regresan nunca al mismo bar, pero en algún tiempo vuelven a otro, buscando exactamente lo mismo. Buscando otro psicólogo de bar.
Pero él no era así. Al menos no enteramente. Sí tenía mujer e hijos y un trabajo bien remunerado por el que parecía sentirse entre orgulloso y agobiado, pero no hablaba mucho de ello. Y volvió cada noche durante una semana. Y siempre fui yo la única persona del lugar con la que entabló conversación. Y se terminaba mis cigarros. Yo pongo la cerveza y tú el tabaco, me decía. No me compadecía en lo absoluto. Le gustaba escuchar mis historias sobre mujeres feas y mujeres horribles; y a veces simplemente platicábamos de fútbol o de cine. Yo le decía que el fútbol debía ser considerado un arte, como el cine.
-La mayoría de las veces los partidos son aburridos, pero de vez en cuando llega un genio con un talento innato que lo hace sobresalir del resto...
-Como en las artes.
Sí. Como en las artes. Siempre hacía eso. Me molestaba sobremanera. Cada vez que yo me disponía a soltar una frase digna de algún pensador europeo, él la concluía y entonces los oyentes relacionaban más la frase con él que conmigo. Como si no le fuera suficiente con tener un mejor traje, un mejor empleo y una mejor vagina a su disposición, para venir a terminar de decir mis frases. Lo odiaba. Así que dejé de ir al bar por un par de días, esperando que se desilusionara de no verme y buscara a otro borracho en otro bar.
Pero un sujeto tan molesto no iba a salir tan fácilmente de mi vida. Nunca lo hacen. De hecho, son quienes más tiempo permanecen. Regresé al bar y anduve tranquilo por unos días. Conseguí algunos números de teléfono de mujeres viejas y también conseguí algunas monedas lavando los tarros de los ebrios. Todo volvió a la normalidad, hasta que un buen día tocaron a mi puerta mientras yo me disponía a llevar mis labios por debajo de la falda de una que me había dado su teléfono alguna vez. Cuando abrí la puerta me encontré al sujeto del bar con una sonrisa enorme.
-¿Cómo supiste dónde vivo?
-Me lo dijeron en el bar. Todos saben que sólo tienes que cruzar la calle.
-Sabía que tenía que buscarme otro bar. ¿Qué quieres? Estoy algo ocupado, ¿sabes? Las mujeres necesitan poco tiempo para arrepentirse de pasar la noche conmigo.
-Me voy -dijo aquélla.
-¿Lo ves? -dije yo.
-Lo siento. Igual no es muy bonita -dijo él.
La mujer lo escuchó y le lanzó tantas groserías como se sabía, aunque a decir verdad nos dieron más risa que otra cosa.
-Decir groserías también debería ser considerado un arte -dijo él.
No necesité más. Cuando decía cosas tan certeras como ésa, se borraba toda la rabia que pudiera sentir por su persona. Lo dejé entrar y le extendí la botella de brandy que habíamos bebido casi por completo la mujer y yo. Al principio dudó un poco de beber directamente, pero después lo hizo por ganar un poco de aceptación.
-Eres de los que toman en vaso -le dije.
-Me da un poco de asco la baba de la demás gente, eso es todo.
-¿Sabes que la baba de la gente está en todos lados? La respiramos cuando vamos por la calle, se impregna a toda nuestra piel, hasta cuando besas a tus hijos estás metiéndote baba de mucha gente que no conoces.
-Sí, pero hacerlo consciente es lo que me provoca. De cualquier modo ya bebí de tu botella. Y si me lo permites he de decir que me dio más asco pensar en las babas de esa mujer que en las tuyas.
-Así que eso era. Estás felizmente casado y tienes un buen empleo pero eres joto y quieres salir a descubrir el mundo sin que nadie se entere.
-No soy joto. Pero esa mujer en verdad era fea.
-Las mujeres no son feas o bonitas. Son fáciles o difíciles, solamente. Todas huelen igual por debajo de la falda.
Dio otro trago a la botella, tratando de evitar hacer una cara por el asco. Fue un buen trago, como si quisiera que le bastase para no tener que volver a ponerle sus labios encima a esa botella. Dejó su saco encima de una silla y luego se fue directo al sofá, donde se desplomó con toda la confianza del mundo.
Se quedó callado un rato y mientras yo terminé con el brandy. Luego fui a sentarme frente a él.
-Necesito matar a mi esposa -dijo.
Ni siquiera lo miré. Sabía que él llevaba semanas pensando aquella cosa y lo que menos necesitaba era una reacción sobreactuada.
-¿Por qué? -le dije.
-Porque me está llevando a la mierda. Gasta todo mi dinero, ha puesto todas nuestras propiedades a su nombre y me engaña con otro hombre.
-Vaya, ¿eso es todo? Pensé que dirías algo un poco más original.
-El hombre con el que me engaña es mi padre.
No pude contener una estruendosa carcajada. Tardé varios segundos en tratar de ponerme serio, pero cada vez que lo intentaba volvía a reír exageradamente. Era, sin duda, la cosa más graciosa que hubiera escuchado en años.
-Perdón -dije, cuando por fin cesó la risa.
-No es tan gracioso cuando estás de este lado, ¿sabes?
-Puedo imaginarlo. Pero tienes que aceptar que desde este lado sí que es un chiste.
-¿Me vas a ayudar?
-Debo confesar que no sé nada sobre matar personas. Al menos no a propósito.
-Yo te daría el lugar y la fecha exactos, así como todos los recursos que necesites. Además de que te pagaría muy bien por el servicio.
-Eso no lo dudo. Pero espera... tengo que saciar mi curiosidad: ¿tu padre es más guapo que tú?
-Mi padre es más rico.
Me quedé pensando por unos minutos. Nunca había estado entre mis planes matar a alguien. Y menos, por supuesto, a alguien que ni siquiera conocía. A mi mente vinieron todas esas escenas de películas en las que el supuesto asesino termina viéndole la cara a quien lo contrató y se lleva el dinero y la chica a México, donde viven felices burlándose del ex marido, sentados a la sombra de un cactus, con un sombrero enorme sobre sus cabezas y bebiendo tequila. Pero algo me decía que esta historia no podría terminar así.
-¿De cuánto dinero estamos hablando? -pregunté.
-Suficiente para comprar el bar de enfrente y llenar el almacén con botellas de brandy.
-Si tienes tanto dinero por qué no mejor te buscas otra mujer y empiezas una nueva vida... en México.
-Porque entonces mis hijos llamarían "papá" a su abuelo, ¿entiendes?
-¿Y tu padre no va a sospechar de ti si repentinamente muere su amante, que de paso es tu esposa?
-No podría atestiguar en mi contra, a menos que afirmara haberse estado acostando con mi mujer. Y entonces mamá lo dejaría en la bancarrota.
-Son un lío, ¿no? Las mujeres.
Pasaron algunas semanas. Me encontraba en un cruce de calles que jamás había recorrido, esperando a que él y su mujer llegaran en su camioneta. La espera se me hacía eterna y mi corazón corría tan rápido que pensé que en cualquier momento lo defecaría. Cuando al final de la calle vi un auto que se acercaba despacio y cuyas luces habían parpadeado un par de veces, supe que era mi momento. La camioneta se detuvo en la entrada de una casa bastante grande y en su interior se podían ver dos personas. La ventanilla del conductor estaba abierta, tal como habíamos acordado. Me dirigí hacia ese lado del auto y empuñé un arma de la que poco sabía, salvo cómo dispararla. A él le pedí su cartera y su teléfono celular y a ella su bolso. Ella estaba blanca del susto y él sonreía discretamente. Después de que me dieron sus pertenencias vacié el arma sobre el cuerpo y la cabeza de ella. Él dejó de sonreír y se le vio aterrado por primera vez, lo cual resultaba muy conveniente pues había una declaración de hechos por venir y ni la descripción falsa de mi físico, ni el asalto ficticio habrían servido de mucho si los policías se hubieran encontrado con un viudo sonriente.
-Lo siento. Igual no era muy bonita -dije y eché a correr.
Más de un mes después él volvió a buscarme. No platicamos nada de lo ocurrido el día en que murió su mujer. Caso cerrado. Sólo bebimos y hablamos de fútbol y cine y otras cosas por el estilo. Cuando nos cansamos de la falta de acción, cruzamos la calle para seguir bebiendo en el bar.
-Yo invito -dije.