Esa noche estaba celebrando. Celebrar significaba, para mí, gastar más dinero, en tragos menos fuertes. Pero eso sí, la vista era mucho mejor: en lugar de paredes roídas, había diseños modernos por todas partes; en vez de pocas y feas mujeres, había muchos traseros interesantes, apretados en mezclilla de marca. Además, sabía que ahí ganaría una pelea contra cualquiera, y ellos también lo sabían, por eso me evitaban. Así que ahí estaba yo, en un lugar caro, gastando dinero en whisky y viendo traseros bien formados. Y no era para menos, pues el motivo de la celebración era que finalmente se había publicado mi primer libro de cuentos. No eran mis mejores cuentos, definitivamente. Ni siquiera los había podido releer nunca. Pero eran justo el tipo de cuentos que les gustan a los editores, aunque yo no lo sabía: historias lejanas a la realidad y cercanas a las películas para adolescentes. Cuando los escribí, lo hice sólo por la práctica, para no perder el ritmo. Y no fue mi intención que nadie más los leyera, hasta que ella inspeccionó mi computadora mientras yo dormía una mañana. Son buenos, me dijo. ¿Los qué?, le pregunté. Tus cuentos, los de ciencia ficción, los otros no los capto mucho, pero éstos son buenos en verdad, deberías publicarlos. Por supuesto la ignoré, pensando que ella no sabía nada de literatura o de nada. Así que ella los llevó a varias editoriales, hasta que una se interesó y los publicó. Cómo iba a saber yo que a los editores la opinión que más les importa es la de quienes no leen nunca.
En realidad el festejo era moderado. Ciertamente había recibido un dinero, pero no era demasiado como para pensar en pagarle los tragos a alguno de esos traseros. A lo mucho podría pagar un hotel, en caso de ser necesario, pero no era la intención de esa noche. Ninguna mujer se me acercaba lo suficiente como para entablar una conversación. Todas bailaban canciones que a mí me parecían iguales. Así que la celebración se reducía a estar ahí, en otro ambiente, bebiendo whisky y siendo ignorado.
Por eso cuando un tipo viejo, vestido con un elegante traje negro y pasado de peso se sentó a mi lado, detuve momentáneamente el viaje del vaso hacia mis labios. Me le quedé mirando fijamente y pensé que no tardaría ni un minuto en sentirse incómodo y largarse a un asiento hasta al otro lado del lugar. Pero no fue así, al contrario. Pidió su bebida y cuando notó mi mirada comenzó a sonreír.
-Veo que ya me reconoció -dijo, sin mover la vista de su vaso.
-No sé quién es usted, señor.
-¿No lee el periódico, ni revistas, ni blogs?
-No, señor. No hay nada intersante ahí. Está mejor afuera.
-Tal vez sea mejor que no sepas quién soy. ¿Por qué me mirabas entonces?
-No lo sé, su traje. Se ve que costó una fortuna.
-Así es. ¿Ves a aquellos dos que están parados a un lado de la salida de emergencia? Vienen conmigo. Yo compré sus trajes. Son finos, pero el mío costó más del triple. ¿En verdad no sabes quién soy?
-No sé nada acerca de los ricos, señor. Ni de los pobres. En realidad no sé nada sobre nadie -dije, un poco cansado por su aire de importancia.
-¿A qué te dedicas? -me preguntó.
-Hago lo que todos. Ya sabe, los que no somos ricos. Tengo un empleo, una mujer y varias cervezas en el refrigerador. Hoy estoy festejando.
-¿Ah sí?, ¿y qué es lo que festejas?
-Publicaron mi primer libro de cuentos.
-Felicidades. Supongo que estás contento.
-Sí, un poco. Pero no pierdo el piso. Diariamente otros diez mil tipos publican un libro de cuentos.
Le conté la historia de cómo llegué a publicarlos y él me dijo que sin duda tenía una buena novia. Después de un rato me di cuenta de que habíamos hablado demasiado sobre mí y prácticamente nada sobre él. Pensé que comenzaría a invitarme los tragos, pero no fue así. Él siguió pidiendo los suyos, y yo seguí pidiendo los míos. Me seguía bastante bien el paso, eso sí. Imaginé lo genial que sería tener un par de guardaespaldas que te pudieran sacar en brazos y llevarte hasta tu cama cuando estuvieras muy ebrio. Podrías beber y beber y beber, sin remordimientos. Y al día siguiente despertarías encima de un colchón suave y alguien te llevaría a tu cuarto una aspirina y un desayuno magnífico. Sí, sería genial, pensé.
Ninguno de los dos terminó muy mal, pero la lengua ya se nos arrastraba y habíamos perdido toda discreción al ver a las mujeres, que cuando se daban cuenta se iban a bailar lejos de nosotros. Mientras él hablaba, yo me preguntaba por qué un tipo así habría venido solo a un bar. Por qué no trajo a su esposa o a sus esposas o a su amante o a alguna jovencita que quisiera entrar en su testamento. No se lo pregunté. Total, el viejo había estado bien con la charla, así que no venía al caso cuestionarlo sobre su vida amorosa.
Nos despedimos y me dio su tarjeta. Ahí venían anotados su número de celular y su correo electrónico. Me dijo que estaba pensando muy seriamente en publicar una novela y que le gustaría que yo le ayudara con consejos y esas cosas. Me apretó la mano e hizo hincapié en que lo contactara. Sabes que la paga sería excelente, me dijo, y se marchó con sus dos guardaespaldas. Yo me quedé todavía un rato bebiendo y escuchando toda esa música idéntica.

Ella me dejó porque se había encontrado a otro. Un tipo guapo y caballeroso, según supe. Nada que ver conmigo. Alguna vez había sido guapo, pero desde al menos hacía diez años que ya no lo era. No me dolió que se fuera con otro, pero sí me dolió haber escrito una dedicatoria para ella en mi único libro. Se llevó lo único que una mujer se puede llevar de un escritor.
Más o menos por el mismo día en que me dejó, perdí mi trabajo. No es que fuera la gran cosa, pero me alcanzaba para cubrir la renta y la comida. En lo que buscaba otro, utilizaba el dinero que me habían dado por el libro, pero se estaba terminando demasiado aprisa, así que decidí hablarle al viejo que quería hacer una novela. Algunos acentos aquí, algunas comas allá y ganaría un poco de tiempo en lo que encontraba otro empleo.
Me citó un martes al mediodía en su oficina. Siempre había pensado que los ricos le llamaban oficina al lugar en el que descansaban mientras veían cómo sus cuentas bancarias iban sumando ceros y unos y doses. Me los imaginaba sentados en un sillón de piel, con las piernas estiradas en lo que una mujer les hacía una pedicura; con su gran computadora enfrente mostrando alguna página pornográfica y enviando correos electrónicos con órdenes para hacer más dinero. Y sí, algo así fue con lo que me encontré en su oficina. No había ninguna pedicurista y no me consta que estuviera viendo una página pornográfica, pero podría apostar a que sí. Me recibió con una enorme sonrisa y un abrazo. Como si fuéramos amigos de la infancia. Aunque eso era imposible porque cuando yo era niño, él habría tenido al menos unos cuarenta años.
Me narró la historia que tenía en mente. En realidad no tenía ni pies ni cabeza. Eran algunas ideas aisladas que, a lo mucho, daban para un cuento corto. Era como si él pensara que teniendo un par de buenas frases (según él), la novela se iría escribiendo sola. Yo mismo nunca había podido terminar una novela. Requiere disciplina. Y la disciplina requiere reglas. Y las reglas requieren a alguien que sepa cumplirlas. Y yo nunca he sabido. Lo había intentado varias veces, sí, pero siempre terminaba odiando lo que llevaba escrito, incluso antes de llegar a la mitad. Ni siquiera es como que leyera muchas novelas de principio a fin. Así que este sujeto estaba perdido, pero eso significaba más dinero para mí. Porque no importaba la calidad de la obra. Solamente se trataba de un viejo rico queriendo cumplir uno de sus últimos caprichos. Todo lo demás seguro que ya lo había hecho. Eso de viajar por el mundo y tener cientos de mujeres y plantar un árbol y cazar venados. Así que solamente le faltaba el libro.

Las primeras semanas fueron las más complicadas. Él no tenía ni la menor idea de cómo empezar, así que yo tuve que crear el primer capítulo íntegro. Y el segundo. Y el tercero. Después el viejo comenzó a aportar algunas ideas, pero yo lo convencí de que no tenían lógica alguna, ni eran verosímiles, y que entrarían demasiado forzadas, así que también escribí el cuarto y el quinto capítulos. Y la paga había sido verdaderamente extraordinaria. Había ganado más dinero en ese tiempo que en toda mi vida. No tenía más que escribir unas tres páginas diarias y el resto del día lo podía pasar tomando cervezas y saliendo con mujeres o ambas cosas, si era un buen día.
Sin darme cuenta ya había escrito más allá de lo que había conseguido cualquier otra vez. No era mi novela, así que no tenía por qué gustarme. Si el viejo estaba complacido con los avances que le iba proporcionando, era más que suficiente. Si algo no le gustaba me hacía sugerencias, pero yo las ignoraba y simplemente reescribía hacia un rumbo diferente. Y él quedaba muy satisfecho, creyendo que me había inspirado. Que lo que estaba escrito, verdaderamente había salido de su cabeza y no de la mía.
Algunas veces salimos a beber juntos nuevamente, pero por lo general yo me iba con alguna muchacha antes del tercer vaso de whisky y lo dejaba ahí solo, en la barra, esperándome para irnos también juntos. O a veces se retiraba, pero hacía que sus guardaespaldas volvieran por mí. Era un buen tipo, sin duda.
Murió de un infarto poco antes de que yo terminara con su novela. En su testamento le dejó todos sus bienes materiales a sus hijos y a su esposa, salvo su biblioteca particular, que me dejó a mí. Era una gran colección de libros. Kilos y kilos de papel entintado por plumas de todas las épocas. Un gran montón de árboles muertos, con la poesía de un montón de hombres muertos. Algunos que eran primeras ediciones de autores relevantes los vendí por un buen dinero. Otros los regalé a las mujeres intelectuales que iba conociendo. Y los demás siguen aquí en el departamento, la mayoría con manchas de vasos en la pasta.
Lo menos que podía hacer por el viejo era terminar su novela. Faltaba poco y fue relativamente sencillo utilizar su final, que había sido la única buena idea que me había dado. No su final, más bien la última línea, que decía:

Nadie volvió a hablar de él nunca más.

Le entregué el escrito a su viuda y le dije que lo había hecho su esposo y que me había encomendado corregirlo pocos meses antes de su muerte. La mujer lloró mucho cuando leyó la dedicatoria hacia ella, que también había escrito yo. Me pagó bastante bien y me agradeció que no hubiera intentado robarme la novela, pues nadie sabía de su existencia aparte de mí. La publicaron de inmediato. En todos lados hablaron del libro. Era una pena que una persona tan distinguida nunca antes hubiera dado rienda suelta a su talento para escribir, decían. Me invitaron a varias conferencias de prensa para hablar sobre el desarrollo de la novela y si sabía de dónde le había venido la inspiración al viejo. Y ahí estaba yo, hablando de mi mejor libro y de un muerto que no habría podido ni siquiera ponerle un buen título.
Esto sí que merece un buen festejo, pensé.