Murió de causas naturales:
frío, hambre, soledad y cáncer.
Y aun muerto parecía que estuviera ebrio,
con la vista fija en un horizonte tapado por edificios
y la lengua seca colgando de su boca.
Era viejo, ochenta y cuatro años,
y si no había muerto antes
una noche cualquiera
en esa misma banqueta,
fue por pura terquedad divina.
Antes de morir miró al cielo
y agradeció en silencio a las estrellas
sin saber que eran cataratas en sus ojos.