La Coctelera

Bajo la tierra...

bajo la tierra de ese árbol
(que es un puño abriéndose)
más abajo de sus lombrices
(y aun más de las criptas de esas lombrices)
creceremos nosotros en sentido contrario
(como si el suelo lloviera nuestras aguas)
enterrados cada vez más por el peso del tiempo
(olvidando)
y entonces viviremos juntos toda nuestra muerte
bajo
la
tierra
de
ese
árbol

Un libro

Esa noche estaba celebrando. Celebrar significaba, para mí, gastar más dinero, en tragos menos fuertes. Pero eso sí, la vista era mucho mejor: en lugar de paredes roídas, había diseños modernos por todas partes; en vez de pocas y feas mujeres, había muchos traseros interesantes, apretados en mezclilla de marca. Además, sabía que ahí ganaría una pelea contra cualquiera, y ellos también lo sabían, por eso me evitaban. Así que ahí estaba yo, en un lugar caro, gastando dinero en whisky y viendo traseros bien formados. Y no era para menos, pues el motivo de la celebración era que finalmente se había publicado mi primer libro de cuentos. No eran mis mejores cuentos, definitivamente. Ni siquiera los había podido releer nunca. Pero eran justo el tipo de cuentos que les gustan a los editores, aunque yo no lo sabía: historias lejanas a la realidad y cercanas a las películas para adolescentes. Cuando los escribí, lo hice sólo por la práctica, para no perder el ritmo. Y no fue mi intención que nadie más los leyera, hasta que ella inspeccionó mi computadora mientras yo dormía una mañana. Son buenos, me dijo. ¿Los qué?, le pregunté. Tus cuentos, los de ciencia ficción, los otros no los capto mucho, pero éstos son buenos en verdad, deberías publicarlos. Por supuesto la ignoré, pensando que ella no sabía nada de literatura o de nada. Así que ella los llevó a varias editoriales, hasta que una se interesó y los publicó. Cómo iba a saber yo que a los editores la opinión que más les importa es la de quienes no leen nunca.
En realidad el festejo era moderado. Ciertamente había recibido un dinero, pero no era demasiado como para pensar en pagarle los tragos a alguno de esos traseros. A lo mucho podría pagar un hotel, en caso de ser necesario, pero no era la intención de esa noche. Ninguna mujer se me acercaba lo suficiente como para entablar una conversación. Todas bailaban canciones que a mí me parecían iguales. Así que la celebración se reducía a estar ahí, en otro ambiente, bebiendo whisky y siendo ignorado.
Por eso cuando un tipo viejo, vestido con un elegante traje negro y pasado de peso se sentó a mi lado, detuve momentáneamente el viaje del vaso hacia mis labios. Me le quedé mirando fijamente y pensé que no tardaría ni un minuto en sentirse incómodo y largarse a un asiento hasta al otro lado del lugar. Pero no fue así, al contrario. Pidió su bebida y cuando notó mi mirada comenzó a sonreír.
-Veo que ya me reconoció -dijo, sin mover la vista de su vaso.
-No sé quién es usted, señor.
-¿No lee el periódico, ni revistas, ni blogs?
-No, señor. No hay nada intersante ahí. Está mejor afuera.
-Tal vez sea mejor que no sepas quién soy. ¿Por qué me mirabas entonces?
-No lo sé, su traje. Se ve que costó una fortuna.
-Así es. ¿Ves a aquellos dos que están parados a un lado de la salida de emergencia? Vienen conmigo. Yo compré sus trajes. Son finos, pero el mío costó más del triple. ¿En verdad no sabes quién soy?
-No sé nada acerca de los ricos, señor. Ni de los pobres. En realidad no sé nada sobre nadie -dije, un poco cansado por su aire de importancia.
-¿A qué te dedicas? -me preguntó.
-Hago lo que todos. Ya sabe, los que no somos ricos. Tengo un empleo, una mujer y varias cervezas en el refrigerador. Hoy estoy festejando.
-¿Ah sí?, ¿y qué es lo que festejas?
-Publicaron mi primer libro de cuentos.
-Felicidades. Supongo que estás contento.
-Sí, un poco. Pero no pierdo el piso. Diariamente otros diez mil tipos publican un libro de cuentos.
Le conté la historia de cómo llegué a publicarlos y él me dijo que sin duda tenía una buena novia. Después de un rato me di cuenta de que habíamos hablado demasiado sobre mí y prácticamente nada sobre él. Pensé que comenzaría a invitarme los tragos, pero no fue así. Él siguió pidiendo los suyos, y yo seguí pidiendo los míos. Me seguía bastante bien el paso, eso sí. Imaginé lo genial que sería tener un par de guardaespaldas que te pudieran sacar en brazos y llevarte hasta tu cama cuando estuvieras muy ebrio. Podrías beber y beber y beber, sin remordimientos. Y al día siguiente despertarías encima de un colchón suave y alguien te llevaría a tu cuarto una aspirina y un desayuno magnífico. Sí, sería genial, pensé.
Ninguno de los dos terminó muy mal, pero la lengua ya se nos arrastraba y habíamos perdido toda discreción al ver a las mujeres, que cuando se daban cuenta se iban a bailar lejos de nosotros. Mientras él hablaba, yo me preguntaba por qué un tipo así habría venido solo a un bar. Por qué no trajo a su esposa o a sus esposas o a su amante o a alguna jovencita que quisiera entrar en su testamento. No se lo pregunté. Total, el viejo había estado bien con la charla, así que no venía al caso cuestionarlo sobre su vida amorosa.
Nos despedimos y me dio su tarjeta. Ahí venían anotados su número de celular y su correo electrónico. Me dijo que estaba pensando muy seriamente en publicar una novela y que le gustaría que yo le ayudara con consejos y esas cosas. Me apretó la mano e hizo hincapié en que lo contactara. Sabes que la paga sería excelente, me dijo, y se marchó con sus dos guardaespaldas. Yo me quedé todavía un rato bebiendo y escuchando toda esa música idéntica.

Ella me dejó porque se había encontrado a otro. Un tipo guapo y caballeroso, según supe. Nada que ver conmigo. Alguna vez había sido guapo, pero desde al menos hacía diez años que ya no lo era. No me dolió que se fuera con otro, pero sí me dolió haber escrito una dedicatoria para ella en mi único libro. Se llevó lo único que una mujer se puede llevar de un escritor.
Más o menos por el mismo día en que me dejó, perdí mi trabajo. No es que fuera la gran cosa, pero me alcanzaba para cubrir la renta y la comida. En lo que buscaba otro, utilizaba el dinero que me habían dado por el libro, pero se estaba terminando demasiado aprisa, así que decidí hablarle al viejo que quería hacer una novela. Algunos acentos aquí, algunas comas allá y ganaría un poco de tiempo en lo que encontraba otro empleo.
Me citó un martes al mediodía en su oficina. Siempre había pensado que los ricos le llamaban oficina al lugar en el que descansaban mientras veían cómo sus cuentas bancarias iban sumando ceros y unos y doses. Me los imaginaba sentados en un sillón de piel, con las piernas estiradas en lo que una mujer les hacía una pedicura; con su gran computadora enfrente mostrando alguna página pornográfica y enviando correos electrónicos con órdenes para hacer más dinero. Y sí, algo así fue con lo que me encontré en su oficina. No había ninguna pedicurista y no me consta que estuviera viendo una página pornográfica, pero podría apostar a que sí. Me recibió con una enorme sonrisa y un abrazo. Como si fuéramos amigos de la infancia. Aunque eso era imposible porque cuando yo era niño, él habría tenido al menos unos cuarenta años.
Me narró la historia que tenía en mente. En realidad no tenía ni pies ni cabeza. Eran algunas ideas aisladas que, a lo mucho, daban para un cuento corto. Era como si él pensara que teniendo un par de buenas frases (según él), la novela se iría escribiendo sola. Yo mismo nunca había podido terminar una novela. Requiere disciplina. Y la disciplina requiere reglas. Y las reglas requieren a alguien que sepa cumplirlas. Y yo nunca he sabido. Lo había intentado varias veces, sí, pero siempre terminaba odiando lo que llevaba escrito, incluso antes de llegar a la mitad. Ni siquiera es como que leyera muchas novelas de principio a fin. Así que este sujeto estaba perdido, pero eso significaba más dinero para mí. Porque no importaba la calidad de la obra. Solamente se trataba de un viejo rico queriendo cumplir uno de sus últimos caprichos. Todo lo demás seguro que ya lo había hecho. Eso de viajar por el mundo y tener cientos de mujeres y plantar un árbol y cazar venados. Así que solamente le faltaba el libro.

Las primeras semanas fueron las más complicadas. Él no tenía ni la menor idea de cómo empezar, así que yo tuve que crear el primer capítulo íntegro. Y el segundo. Y el tercero. Después el viejo comenzó a aportar algunas ideas, pero yo lo convencí de que no tenían lógica alguna, ni eran verosímiles, y que entrarían demasiado forzadas, así que también escribí el cuarto y el quinto capítulos. Y la paga había sido verdaderamente extraordinaria. Había ganado más dinero en ese tiempo que en toda mi vida. No tenía más que escribir unas tres páginas diarias y el resto del día lo podía pasar tomando cervezas y saliendo con mujeres o ambas cosas, si era un buen día.
Sin darme cuenta ya había escrito más allá de lo que había conseguido cualquier otra vez. No era mi novela, así que no tenía por qué gustarme. Si el viejo estaba complacido con los avances que le iba proporcionando, era más que suficiente. Si algo no le gustaba me hacía sugerencias, pero yo las ignoraba y simplemente reescribía hacia un rumbo diferente. Y él quedaba muy satisfecho, creyendo que me había inspirado. Que lo que estaba escrito, verdaderamente había salido de su cabeza y no de la mía.
Algunas veces salimos a beber juntos nuevamente, pero por lo general yo me iba con alguna muchacha antes del tercer vaso de whisky y lo dejaba ahí solo, en la barra, esperándome para irnos también juntos. O a veces se retiraba, pero hacía que sus guardaespaldas volvieran por mí. Era un buen tipo, sin duda.
Murió de un infarto poco antes de que yo terminara con su novela. En su testamento le dejó todos sus bienes materiales a sus hijos y a su esposa, salvo su biblioteca particular, que me dejó a mí. Era una gran colección de libros. Kilos y kilos de papel entintado por plumas de todas las épocas. Un gran montón de árboles muertos, con la poesía de un montón de hombres muertos. Algunos que eran primeras ediciones de autores relevantes los vendí por un buen dinero. Otros los regalé a las mujeres intelectuales que iba conociendo. Y los demás siguen aquí en el departamento, la mayoría con manchas de vasos en la pasta.
Lo menos que podía hacer por el viejo era terminar su novela. Faltaba poco y fue relativamente sencillo utilizar su final, que había sido la única buena idea que me había dado. No su final, más bien la última línea, que decía:

Nadie volvió a hablar de él nunca más.

Le entregué el escrito a su viuda y le dije que lo había hecho su esposo y que me había encomendado corregirlo pocos meses antes de su muerte. La mujer lloró mucho cuando leyó la dedicatoria hacia ella, que también había escrito yo. Me pagó bastante bien y me agradeció que no hubiera intentado robarme la novela, pues nadie sabía de su existencia aparte de mí. La publicaron de inmediato. En todos lados hablaron del libro. Era una pena que una persona tan distinguida nunca antes hubiera dado rienda suelta a su talento para escribir, decían. Me invitaron a varias conferencias de prensa para hablar sobre el desarrollo de la novela y si sabía de dónde le había venido la inspiración al viejo. Y ahí estaba yo, hablando de mi mejor libro y de un muerto que no habría podido ni siquiera ponerle un buen título.
Esto sí que merece un buen festejo, pensé.

Cuenta regresiva

Jamás creí en el futuro
o el pasado,
la paz es el intermedio de la guerra
así como la vida es el centro de la nada;
mientras más aire respiras
menos te queda por respirar,
como una bomba sin contador
vas a estallar
y tus pedazos van a ser robados por otros
para hacer más bombas sin contador.
Entonces ésos van a pensar un poco como tú
y te maldecirán por ello,
aunque para ti ya no exista más el futuro
o el pasado
y tu vida sea un boceto borrado del papel.

...

Es una pena
que ahora que hablan de asesinatos
y violaciones y secuestros
a mí no me importe más
que cuando hablaban de esas mujeres de piernas largas
que se graban teniendo sexo

ni de los sueños de los demás
suficientes fracasos me quedan por delante
como para pensar
en todos los que miran a través de la ventana
de noche
buscando estrellas para regalar

ya me preocuparon alguna vez
esas personas que se llevan las manos a la cara
y te miran como un perro que pide perdón
por haber roto el florero
de
tres
generaciones

es una pena
que ya no pueda llorar

cuando se pase la resaca
tal vez
quizá
es posible

que vuelva a importarme

algo

Él y su mujer y los tragos y yo

Somos amigos desde hace unas pocas semanas. Me encontraba en el bar sin un centavo y él, ya un poco ebrio, se me acercó a platicar y me invitó una cerveza. Y todo el que me invite una cerveza es mi amigo, quizá por unos pocos minutos o quizá por años, pero amigo al fin y al cabo. Yo le fui sacando toda la conversación porque se notaba a leguas que él era muy nuevo en esas cosas de hablar con extraños en un bar. Así que le pregunté las cosas de siempre: si tenía mujer, si tenía hijos, si tenía trabajo, si tenía más dinero para otra ronda. A primera vista pensé que sería uno de esos maridos ricos que se hartan de la monotonía del matrimonio y deciden acudir alguna vez por un par de tragos para seguir trabajando y haciendo dinero y gastándolo en su familia a partir del día siguiente. Y sí, él era uno de esos.
Normalmente la cosa termina allí. Invitan la bebida de toda la noche, te cuentan sus problemas y luego se van para no volver más. Te convierten en su psicólogo de bar. Sale más barato y es menos ridículo contarle a los compañeros de oficina que hablaste con un borracho que con un loquero. Además también el alivio es mayor, pues una vez que han terminado toda su perorata de dificultades, comienzan a preguntarte por las tuyas. Y se confortan digas lo que digas, porque eres un borracho. No tengo mujer, ¡uy qué hombre tan solitario!; tengo muchas mujeres, ¡uy qué vida tan vacía!; no tengo un trabajo fijo, ¡terrible, este hombre no tiene futuro! Y así siguen. Tratando de encontrar consuelo para sus miserables vidas, comparándola con tu miserable vida. Luego regresan a casa sonriendo y dan un gran beso a su mujer dormida y van al cuarto de los niños a taparlos hasta la barbilla. No regresan nunca al mismo bar, pero en algún tiempo vuelven a otro, buscando exactamente lo mismo. Buscando otro psicólogo de bar.
Pero él no era así. Al menos no enteramente. Sí tenía mujer e hijos y un trabajo bien remunerado por el que parecía sentirse entre orgulloso y agobiado, pero no hablaba mucho de ello. Y volvió cada noche durante una semana. Y siempre fui yo la única persona del lugar con la que entabló conversación. Y se terminaba mis cigarros. Yo pongo la cerveza y tú el tabaco, me decía. No me compadecía en lo absoluto. Le gustaba escuchar mis historias sobre mujeres feas y mujeres horribles; y a veces simplemente platicábamos de fútbol o de cine. Yo le decía que el fútbol debía ser considerado un arte, como el cine.
-La mayoría de las veces los partidos son aburridos, pero de vez en cuando llega un genio con un talento innato que lo hace sobresalir del resto...
-Como en las artes.
Sí. Como en las artes. Siempre hacía eso. Me molestaba sobremanera. Cada vez que yo me disponía a soltar una frase digna de algún pensador europeo, él la concluía y entonces los oyentes relacionaban más la frase con él que conmigo. Como si no le fuera suficiente con tener un mejor traje, un mejor empleo y una mejor vagina a su disposición, para venir a terminar de decir mis frases. Lo odiaba. Así que dejé de ir al bar por un par de días, esperando que se desilusionara de no verme y buscara a otro borracho en otro bar.
Pero un sujeto tan molesto no iba a salir tan fácilmente de mi vida. Nunca lo hacen. De hecho, son quienes más tiempo permanecen. Regresé al bar y anduve tranquilo por unos días. Conseguí algunos números de teléfono de mujeres viejas y también conseguí algunas monedas lavando los tarros de los ebrios. Todo volvió a la normalidad, hasta que un buen día tocaron a mi puerta mientras yo me disponía a llevar mis labios por debajo de la falda de una que me había dado su teléfono alguna vez. Cuando abrí la puerta me encontré al sujeto del bar con una sonrisa enorme.
-¿Cómo supiste dónde vivo?
-Me lo dijeron en el bar. Todos saben que sólo tienes que cruzar la calle.
-Sabía que tenía que buscarme otro bar. ¿Qué quieres? Estoy algo ocupado, ¿sabes? Las mujeres necesitan poco tiempo para arrepentirse de pasar la noche conmigo.
-Me voy -dijo aquélla.
-¿Lo ves? -dije yo.
-Lo siento. Igual no es muy bonita -dijo él.
La mujer lo escuchó y le lanzó tantas groserías como se sabía, aunque a decir verdad nos dieron más risa que otra cosa.
-Decir groserías también debería ser considerado un arte -dijo él.
No necesité más. Cuando decía cosas tan certeras como ésa, se borraba toda la rabia que pudiera sentir por su persona. Lo dejé entrar y le extendí la botella de brandy que habíamos bebido casi por completo la mujer y yo. Al principio dudó un poco de beber directamente, pero después lo hizo por ganar un poco de aceptación.
-Eres de los que toman en vaso -le dije.
-Me da un poco de asco la baba de la demás gente, eso es todo.
-¿Sabes que la baba de la gente está en todos lados? La respiramos cuando vamos por la calle, se impregna a toda nuestra piel, hasta cuando besas a tus hijos estás metiéndote baba de mucha gente que no conoces.
-Sí, pero hacerlo consciente es lo que me provoca. De cualquier modo ya bebí de tu botella. Y si me lo permites he de decir que me dio más asco pensar en las babas de esa mujer que en las tuyas.
-Así que eso era. Estás felizmente casado y tienes un buen empleo pero eres joto y quieres salir a descubrir el mundo sin que nadie se entere.
-No soy joto. Pero esa mujer en verdad era fea.
-Las mujeres no son feas o bonitas. Son fáciles o difíciles, solamente. Todas huelen igual por debajo de la falda.
Dio otro trago a la botella, tratando de evitar hacer una cara por el asco. Fue un buen trago, como si quisiera que le bastase para no tener que volver a ponerle sus labios encima a esa botella. Dejó su saco encima de una silla y luego se fue directo al sofá, donde se desplomó con toda la confianza del mundo.
Se quedó callado un rato y mientras yo terminé con el brandy. Luego fui a sentarme frente a él.
-Necesito matar a mi esposa -dijo.
Ni siquiera lo miré. Sabía que él llevaba semanas pensando aquella cosa y lo que menos necesitaba era una reacción sobreactuada.
-¿Por qué? -le dije.
-Porque me está llevando a la mierda. Gasta todo mi dinero, ha puesto todas nuestras propiedades a su nombre y me engaña con otro hombre.
-Vaya, ¿eso es todo? Pensé que dirías algo un poco más original.
-El hombre con el que me engaña es mi padre.
No pude contener una estruendosa carcajada. Tardé varios segundos en tratar de ponerme serio, pero cada vez que lo intentaba volvía a reír exageradamente. Era, sin duda, la cosa más graciosa que hubiera escuchado en años.
-Perdón -dije, cuando por fin cesó la risa.
-No es tan gracioso cuando estás de este lado, ¿sabes?
-Puedo imaginarlo. Pero tienes que aceptar que desde este lado sí que es un chiste.
-¿Me vas a ayudar?
-Debo confesar que no sé nada sobre matar personas. Al menos no a propósito.
-Yo te daría el lugar y la fecha exactos, así como todos los recursos que necesites. Además de que te pagaría muy bien por el servicio.
-Eso no lo dudo. Pero espera... tengo que saciar mi curiosidad: ¿tu padre es más guapo que tú?
-Mi padre es más rico.
Me quedé pensando por unos minutos. Nunca había estado entre mis planes matar a alguien. Y menos, por supuesto, a alguien que ni siquiera conocía. A mi mente vinieron todas esas escenas de películas en las que el supuesto asesino termina viéndole la cara a quien lo contrató y se lleva el dinero y la chica a México, donde viven felices burlándose del ex marido, sentados a la sombra de un cactus, con un sombrero enorme sobre sus cabezas y bebiendo tequila. Pero algo me decía que esta historia no podría terminar así.
-¿De cuánto dinero estamos hablando? -pregunté.
-Suficiente para comprar el bar de enfrente y llenar el almacén con botellas de brandy.
-Si tienes tanto dinero por qué no mejor te buscas otra mujer y empiezas una nueva vida... en México.
-Porque entonces mis hijos llamarían "papá" a su abuelo, ¿entiendes?
-¿Y tu padre no va a sospechar de ti si repentinamente muere su amante, que de paso es tu esposa?
-No podría atestiguar en mi contra, a menos que afirmara haberse estado acostando con mi mujer. Y entonces mamá lo dejaría en la bancarrota.
-Son un lío, ¿no? Las mujeres.
Pasaron algunas semanas. Me encontraba en un cruce de calles que jamás había recorrido, esperando a que él y su mujer llegaran en su camioneta. La espera se me hacía eterna y mi corazón corría tan rápido que pensé que en cualquier momento lo defecaría. Cuando al final de la calle vi un auto que se acercaba despacio y cuyas luces habían parpadeado un par de veces, supe que era mi momento. La camioneta se detuvo en la entrada de una casa bastante grande y en su interior se podían ver dos personas. La ventanilla del conductor estaba abierta, tal como habíamos acordado. Me dirigí hacia ese lado del auto y empuñé un arma de la que poco sabía, salvo cómo dispararla. A él le pedí su cartera y su teléfono celular y a ella su bolso. Ella estaba blanca del susto y él sonreía discretamente. Después de que me dieron sus pertenencias vacié el arma sobre el cuerpo y la cabeza de ella. Él dejó de sonreír y se le vio aterrado por primera vez, lo cual resultaba muy conveniente pues había una declaración de hechos por venir y ni la descripción falsa de mi físico, ni el asalto ficticio habrían servido de mucho si los policías se hubieran encontrado con un viudo sonriente.
-Lo siento. Igual no era muy bonita -dije y eché a correr.
Más de un mes después él volvió a buscarme. No platicamos nada de lo ocurrido el día en que murió su mujer. Caso cerrado. Sólo bebimos y hablamos de fútbol y cine y otras cosas por el estilo. Cuando nos cansamos de la falta de acción, cruzamos la calle para seguir bebiendo en el bar.
-Yo invito -dije.

Los hombres tristes

Diariamente se libra una batalla
entre los hombres tristes,
que saben que la muerte los espera
en un día cualquiera
de los trescientos sesenta y seis que han escrito
en el encabezado de una página vacía.

Los hombres tristes son los que traen la noche por dentro,
por eso duermen de día y con la luz prendida,
para apagar las estrellas, que a la distancia,
lucen diminutas en su cuerpo.

Los hombres felices cierran las cortinas
para que la madrugada no pueda encontrarlos
mientras duermen. Mientras,
los hombres tristes se desvelan.

Todo

Pudo haber sido Dios
pero entonces no tendría sentido el sufrimiento,
ni el niño que duerme cobijado por cartón mojado.
Qué decir del ciego y sordo
que nunca oyó hablar de las pinturas de Magritte.

Pudo haber sido algún demonio entonces,
pero la risa, el anhelo y los orgasmos
serían sus debilidades.
No, un demonio no escribió tanta poesía.

Quizá la naturaleza, sabia como dicen,
pidió a sus cielos ser azules, rojos, negros,
según su propio humor
y vender caros sus secretos.
Pero me desconcierta el hombre.
Pudiera ser que el hombre se inventara a sí mismo
y luego lo olvidara como olvida todo;
tal vez el hombre estuviera deprimido
y planeara su suicidio millones de años antes.

El tiempo. Habría sido el tiempo,
aburrido de pasar las horas sin que pase nada.
O la nada, buscando algo.

Sólo quedamos tú y yo
culpándonos mutuamente.
Y es posible que hayamos sido nosotros
y por eso todo parezca tan confuso y caótico,
pues ya no movemos los hilos con la misma mano.

Duro como piedra

Las piedras se apilan sobre la espalda
como horas sobre días;
cada uno de sus gramos es una sonrisa,
un viaje en autobús,
sudor de manos jóvenes
empapando manos más viejas.
Y corremos aprisa
sin saber bien a dónde,
con las piernas fatigadas,
jorobados por el peso del cielo sobre nuestra cabeza;
y las nubes flotan encima,
son recuerdos carroñeros,
vapor de la saliva de un beso guardado bajo llave
que de vez en cuando nos cubre nuevamente con su sombra.

Dormimos con la esperanza de que la noche
no se nos caiga encima
y sus estrellas se nos entierren
en los brazos como astillas.
O que cielo oscuro derrame su petróleo
sobre el mar de nuestros sueños inducidos.

Entonces tenemos a nuestra disposición absoluta
una segunda vida, sin principios ni finales,
una vida por sí misma, concreta y suceptible de horrores,
pero sin paredes o fechas,
que son separadores de nuestro libro,
donde el tiempo es una decisión
y no visceversa.

Despertamos con el rostro derretido
por la luz del sol
y la mano busca en vano un par de anteojos
que nos regrese la vista.
El mundo se endurece
y se adelgaza hasta caber por el cuello del reloj de arena.